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martes, 30 de agosto de 2011

EL MUNDO QUE VIENE

El mundo está revolucionado, de eso no hay duda. Joder, pero muy revolucionado. Los estados de ánimo se encuentran exaltados, que si el Papa, que si el 15M, que si el cambio de gobierno, que si Nacho Polo, que si la crisis.
Podemos ponernos a debatir cada tema y supongo (qué pereza) que no queda más remedio que hacerlo, pero como he dicho otras veces, un tonto es capaz de formular muchas más preguntas de las que mil sabios son capaces de contestar. Vamos, que la cosa no tiene fin, y más a la hora de demostrar lo informados que estamos, cuánto sabemos, etc.
Con esto quiero decir que, en esta revolución que ya está aquí, no cabe duda que una parte del cambio pasa irremediablemente por el debate y por dar rienda suelta a la mente analítica que tanto nos gusta, si bien la revolución más grande, como vienen anunciando desde hace tiempo varios sectores más espirituales de la sociedad, en realidad tiene más que ver con un cambio profundo de consciencia.
Un cambio de consciencia. Vaya.
Y en ese cambio, lejos de intervenir la mente, sucede todo lo contrario. Aprender a utilizar este juguete maldito (la mente) que a nivel evolutivo ha aparecido en este planeta hace tan poco (casi se puede decir que la mente está en pañales) es una tarea pendiente para las personas. El poder de racionalizar, de conceptualizar, de ponernos en el lugar del otro, de imaginar el futuro y tener tan presente siempre el pasado, ha surgido hace unos varios miles de años en un planeta de miles de millones. Y no olvidemos que la mente (esa que nos hace sentir tan poderosos, tan dueños por derecho propio del mundo) fue creada por ese mundo idiota de plantas que no saben pensar y animales que no saben pensar  y piedras y mucha lava que no sabe pensar, todos esos fenómenos naturales que aparentemente no poseen nuestra "inteligencia". ¡Nos sentimos tan orgullosos de nuestra inteligencia que casi parece que la hubiésemos fabricado nosotros! Se nos llena la boca cada vez que decimos eso de "animales inteligentes", sin darnos cuenta que fue ese mundo inerte de cosas que no piensan ni sienten el que nos parió.

La mente crea separación. Con todas sus cosas buenas y maravillosas, a pesar de ellas, la mente nos ha hecho creer que somos cosas separadas del resto. Personas separadas de personas, de animales, de plantas y de esas piedras que un buen día decidieron fabricar (dar paso) al ser humano. Y ahí estamos, batallando, queriendo cambiarlo todo desde la periferia, con violencia, con imposturas papales, sin darnos cuenta de que el cambio, para que sea real, tiene que venir de dentro. Y que no pasa por la mente. Porque sentimientos como la paz, el amor, la alegría y la identificación con el otro no surgen del pensamiento, es más, tamizados por la mente se vuelven sensaciones superfluas como la "felicidad" (esa que tan poco dura al depender de factores exteriores siempre inestables), el sentimiento de posesión del otro, etc.

Observando lo que está sucediendo en el mundo, siento la misma pena y el mismo dolor que cualquiera. Pero quizá no la misma rabia, las mismas ganas de salir a la calle a cortar cabezas que tienen muchas de las personas que veo a mi alrededor. Llegar a creerse que uno es "el bueno" y que los demás (el Papa, Zapatero, los americanos, el asesino de Oslo) son "los malos" es un bálsamo estupendo para enardecer nuestra identidad de seres que van por el buen camino, pero quizá nos encontremos un tanto desenfocados.
Bastaría pensar que todos somos iguales, y que si tú hubieses nacido en las mismas circunstancias que la persona que tanto detestas, contra la que proyectas tu odio, si tú hubieses tenido exactamente la misma genética y la misma vida y el mismo barrio y los mismo padres, tú serías exactamente igual a ella.
De la misma forma, si tu pueblo hubiese tenido el mismo recorrido histórico y vital que el pueblo americano, ahora seríamos nosotros la primera potencia mundial, irremediablemente. El joven idealista y solidario del 15M es idealista y solidario porque le ha tocado un curro de mierda y una vida de posibles precariedades. Si hubiera nacido en Marbella y su padre hubiese sido el novio de la Pantoja, seguramente la vida le habría llevado por otros derroteros.
¿Qué se desprende de aquí?
Cuando veo el mundo, el mundo en general, con todo lo que está sucediendo, las cosas malas y las cosas buenas (que también hay muchísimas, basta con mirar a nuestro alrededor y dejar por un rato de quejarnos por todo) me da la sensación de que ese mundo no refleja ni más ni menos que lo que hoy en día es el ser humano.
Sí, el ser humano. Tú. Yo. El vecino y el que vive en China.
Es como si a cada país le hubiese tocado desarrollar un aspecto (en líneas generales, por supuesto) de la condición del ser humano actual, de su actual estado de consciencia. Sería estúpido pensar lo contrario. Si existe, si se da, es que forma parte de la condición humana, es que forma parte de nosotros. La ira y la violencia de ciertos países árabes refleja nuestra parte violenta llevada al extremo, el pueblo americano quizá nuestra ambición e indiferencia por los demás (la tenemos, la tenemos todos) , el Vaticano nuestras ganas de creer en algo fácil, en ese perdón que se puede comprar para poder seguir siendo malos con buena conciencia, La India puede que nuestra parte más espiritual. Podría seguir así horas, con más o menos acierto, vuelvo a repetir, generalizando.
Porque lo que estoy intentando decir con palabras, claro, no se puede pensar.
Lo más parecido que puedo decir (una flecha que apunte a ese lugar donde se encuentra la verdad) es que el mundo, con toda la raza humana, con sus millones de culturas, no es ni más ni menos que una radiografía de lo que es el ser humano como individuo, y de eso no nos salvamos ninguno, de ese reflejo de todo lo que somos y todo lo que podemos llegar a ser llegadas las circunstancias.

Por eso, basta una mirada a lo que está sucediendo para tener una imagen clara de cuales son nuestras características básicas (al día de hoy) como raza. Una visión que nos sirva para aprender más de nosotros, para descubrir lo que falla, lo que se oculta más o menos latente en nuestro interior, y no tanto para echar la culpa a "los malos" de esto y de aquello. Y con esto no quiero decir que muchos no tengan la culpa de lo que sucede, por supuesto que no, claro que la tienen. Y es deber de todos intentar cambiar las cosas, pero quizá de otra manera. Quizá la certeza de que cada uno de nosotros hubiera actuado igual encontrándose en los zapatos del otro nos haga mirar el mundo con las mismas ganas de cambiarlo pero sin esa rabia sorda que genera violencia y que no hace más que potenciar la otra parte, pues está más que demostrado que la confrontación violenta no hace si no reforzar la postura del agredido.

Y esto ¿cómo se hace?
Esta mente que tenemos a nivel evolutivo "en pañales" no dudo que dentro de muchos miles de años llegue a su madurez y pueda cumplir la función para la que un día surgió en el planeta. Tengo mi teoría sobre lo que resultará de esta mente prodigiosa, aunque no es lugar aquí para divagar tanto. Pero no olvidemos que la consciencia es mucho más grande que la mente. Podemos sentir y percibir sin la voz que no para de hablar en la cabeza, y de hecho las cosas más auténticas (vuelvo a citar el amor, la paz, la contemplación, la alegría) cuando son auténticas no surgen del monólogo mental sino del silencio.

Intentemos pues mirar al mundo como una representación de lo que todos somos, de nuestras miserias y nuestros más grandes actos de nobleza. Miremos sin sentirnos separados para intentar comprender y apaciguar la rabia. Y después, cuando ya hallamos comprendido (yo el primero), quizá llegue el momento de utilizar la mente y la inteligencia para diseñar el plan del futuro que está por venir, eso sí, sin la carga de negatividad y odio que percibo cada vez más en la gente que me rodea.

El problema de vivir enfadado por las circunstancias sociales es que , al final, estamos fabricando con nuestra visión una realidad que responda a esas mismas expectativas. Comenzar a mirar las cosas buenas, a desenfadarnos y a darnos cuenta de los tesoros que nos rodean, de esa libertad última que subyace en nuestro interior que nadie es capaz de arrebatarnos, que la crisis a nivel mundial es únicamente económica pero que nuestros valores permanecen intactos para cualquiera que quiera encontrarlos y desarrollarlos, es parte fundamental para que el mundo que nos rodea comience a reflejar todas esas cosas buenas.


Para mi amigo Fernando Gomez, con todo mi cariño.

1 comentario:

  1. He leído con sumo placer tu escrito. Las ideas que expones me resultan cercanas y las comparto. Lo has expresado con claridad algo que es difícil explicar.
    El cambio tiene que comenzar en cada uno, ya lo dijo Gandhi; sal fuera y sé el cambio que quieres ver. Las palabras no son textuales pero la idea era esa.
    Muchas gracias.

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