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jueves, 5 de mayo de 2011

UN RELATO DE PRIMAVERA

Hoy quiero dejarte un cuento. Es uno de mis preferidos de mi libro nuevo LAS MALQUERIDAS, que es en realidad el primer libro que publiqué con veinticinco años. Coincide que pronto volverá a editarse, además de su adaptación al teatro que tenemos previsto se estrene después del verano.

El cuento de Adela es uno de mis favoritos. No es demasiado largo, y estoy seguro que te va a emocionar. Leer relatos en el ordenador es difícil, por lo menos para mí que prefiero siempre el papel, así que escoge un momento de tranquilidad del día para leerlo. Si estás en plena euforia primaveral, o en medio del trabajo, abriendo y cerrando ventanas como loco, pendiente del facebook, los niños, el correo, y con la ansiedad de que casi se te ha descargado ya la peli porno, mejor lo dejas para un poco más tarde. Merecerá la pena.
Hoy, por primera vez en el blog, te pediría y me gustaría que escribieras algo, si te apetece, de lo que te ha sugerido este pequeño cuento.



ADELA (fragmento de LAS MALQUERIDAS)

Entonces pudo mirar por primera vez hacia arriba y descubrir la Osa mayor en el cielo, y en ese momento Adela fue consciente de que soñaba, pues en sus sueños las habitaciones nunca tenían techo.
“Estoy otra vez dormida.”, se dijo.
Se levantó de la cama, abrazó la almohada y con ella caminó hasta el cristal empañado de la ventana. Un puñado de gotas de agua que caían con lentitud desdibujaban el paisaje de un puerto en un atardecer detenido y triste. Algunos barcos sobrevolados de gaviotas. Una grúa en la distancia. El sonido agónico de un buque mercantil.
“No sé por qué será que sólo puedo recordar con detalle los paisajes en los que he visto llover.”, pensó.
En la habitación las cosas estaban en su lugar, exactamente como las había dejado la última vez. El sueño ya lo conocía perfectamente, se podría decir que casi no soñaba con otra cosa desde que en la isla había comenzado a soplar aquel maldito viento.
Todo empezaba siempre en esa misma cama. Adela se levantaba, abrazaba la almohada y caminaba hasta detenerse junto a aquella ventana.
En ocasiones era su amante secreto quien añadía ciertos detalles masculinos a la decoración del cuarto. El cenicero con el cigarro de tabaco negro consumiéndose en la mesita, las botas embarradas junto a la puerta. Pero ahora predominaban las cosas de Adela, y eso quería decir que él todavía continuaría despierto y que, de momento, el sueño le pertenecía sólo a ella.
Adela suspiró y se llevó las manos al vientre. Dio dos vueltas por la habitación, nerviosa. Detestaba estos momentos. Detestaba encontrarse sola en aquel sueño.
  Comprobó que la mesita del fondo conservaba la cafetera humeante y el plato con los bizcochos húmedos, y que las cortinas rojas temblaban por culpa de su respiración, vacilando como si estuviesen hechas de la llama de una vela.
Al aproximarse de nuevo a la ventana, un pájaro cansado se posó en el alféizar y comenzó a cantar una misma nota triste y repetida. Adela lo observó con ansiedad. Deseó más que nada en el mundo que las plumas del ave adquiriesen un repentino tono de color violeta, pero eso no sucedió.
“¿Cuándo aparecerás, mi amor…?”
Por un momento tuvo miedo de que aquél fuese el pájaro de su desventura, y que estuviese presagiando que él ya no regresaría jamás.
El ave (¿sería una paloma? ¿una gaviota?) remontó el vuelo y se difuminó en el gris sucio de una nube extraviada. Hasta el último segundo tuvo la esperanza de que sus alas se volviesen de color violáceo, señal inequívoca de que su hombre aparecería de un momento a otro en la habitación.
La mujer se sentó en la cama y se alisó con las manos el vestido rojo de sus sueños, en un gesto de memoria que le venía de otras noches, en un elegante tic que no poseía allá afuera, en el mundo real.
Sintió como su estómago empezaba a quedarse sin peso y se alarmó porque era algo que últimamente ocurría cada vez con más frecuencia. Tuvo miedo de que sus manos se le volvieran de niña chica, como aquella vez, tuvo miedo de volver a sentir un río de ramas secas abriéndose paso desde su corazón hasta el vientre.
Cerró los ojos y de memoria pudo recomponer justo a tiempo la armonía de su cuerpo. Sus caderas anchas. Su pelo lacio, escaso pero suave como una cortinilla de seda. Las piernas fuertes a pesar de que se había pasado la vida sentada junto con las demás costureras en las veredas de Aldealcuervo. Adela volvió a colocar los órganos cada uno en su lugar y respiró aliviada. Todo marchaba bien. No había de qué preocuparse. Cuando él apareciese no la encontraría ridícula e inconcreta, desencajada y sola como un sueño de nadie, como un sueño imposible de amar.


Su amante debía hallarse en una dimensión cercana, componiendo en alguna pradera su eterno ramillete de lirios con el que aparecería de un momento a otro, inundando aquel sueño de tonos morados. Entonces ella lo volvería a ver y otra vez se enamoraría, como aquella primera vez, como cada noche.
Adela se retorció las manos en el regazo. Todo cuanto la rodeaba era de un material tan efímero, tan propenso a desaparecer. Sólo un ruido inoportuno en el mundo real y ella despertaría, perpleja y sería arrancada de esta habitación de hotel perdiendo la oportunidad de volver a ver a su amante hasta quién sabe cuando.
En eso estaba cuando escuchó un crujido a sus espaldas.
Unas manos pesadas se deslizaron por su cintura, deteniéndose a descansar en sus caderas. El colchón acusó el peso del otro, hundiéndose a sus espaldas.
- Hoy te los he traído morados, mi lucero.
Adela se da la vuelta con los ojos brillantes y toma el ramo de lirios.
- Son preciosos. Más que preciosos.
Ambos se abrazan, sin poder contener el entusiasmo, espachurrando, en parte, el ramo de flores.
- ¿Has visto al pájaro? – dice ella con los ojos cerrados.
- No te preocupes por eso. Los pájaros nunca son malos presagios cuando aparecen en los sueños.
- Sí, pero me hubiera gustado que fuese un pájaro violeta. Que lo hubieses enviado tú. Nunca puedo recordar el color violeta, así que cuando lo veo en esta habitación ya sé que estás a punto de caer.
Al besarse por segunda vez ambos recordaron el inmenso amor que los unía desde aquella primera vez que se encontraron en ese mismo hotel, en ese mismo cuarto, algunos años atrás. Desde entonces no habían dejado de amarse, aprovechando los desmayos y las sombras para quererse a tientas, desguazando cada segundo de los sueños para dedicárselo el uno al otro.


Al poco de conocerse fueron conscientes de lo difícil que podía resultar amarse en un ámbito tan sutil y tan frágil como el de los sueños.
Comprendieron que su intimidad privilegiada estaba sujeta a factores imposibles de controlar, que muchas veces debían renunciar al placer del tacto y del sexo, pues al intentar hacer el amor la carne se deshacía en suspiros y los cuerpos se les volvían ramilletes de violetas entre las manos. Verdaderamente, resultaba casi imposible mantener la objetividad de las formas en un medio en el que primaban las sensaciones y los deseos. Las pocas veces que lograban mantenerse enteros no experimentaban en el clímax otra cosa que un orgasmo repetido, recuerdo de un acto sexual que no les pertenecía. Pero eso era lo de menos. Existían mil formas de quererse en aquella habitación, formas que jamás podrían darse en la realidad, y Adela y su amante las conocían todas.
  Después del segundo beso Adela se acercó a la ventana.
El cristal había desaparecido. Ahora se percibía la quietud de fuera. Miró hacia arriba buscando al pájaro.
- Ya sé donde lo vi. Es esa paloma. La encontré el otro día en el estanque del burdel de Fátima, atrapada dentro del hielo.
- No pienses en eso ahora, anda. Si no te centras en esto acabaremos quién sabe donde. Mira la paredes. No dejan de temblar.
Ella cerró los ojos y las paredes volvieron a alzarse, ladrillo por ladrillo, adquiriendo una perfecta consistencia.
- Tienes razón. – Adela volvió a mirar hacia fuera. - Menos mal que en este lugar no sopla ni gota de viento. – dijo.
- Menos mal, sí.
- Allá afuera, en la aldea, una acaba loca perdida. Pero aquí es distinto. Éste es el único sitio donde una puede descansar de la ventisca.
Poco después de que coincidieran por primera vez en aquel hotel, ella se dio cuenta que, al despertar, en el mundo real, debía prestar una atención minuciosa a cada parte de su cuerpo. Debía memorizarlas milímetro a milímetro. Las zonas que menos conocía, como la espalda o la parte interior de los muslos, tendían también a difuminarse, a adoptar formas inconcretas, casi líquidas, cuando las soñaba. Tuvo que aprenderse su físico al dedillo para poder imaginarse entera. Natural. Era lo mínimo que podía hacer por él.
El hombre se acercó y volvió a abrazarla. La sintió temblar entre sus brazos como si fuese la primera hoja del otoño, como si supiera que al caer marcaría el inicio de una estación maldita.
- Niña…
Él sabía del padecimiento de Adela en el mundo de ahí fuera. Conocía perfectamente su dolor. El esposo de Adela había dejado de amarla hacía mucho tiempo, si es que acaso alguna vez la había querido. Marido y mujer compartían un terrible secreto. Él era un poeta de renombre. En cierta ocasión Adela lo había sorprendido desnudo en el granero, retozando con uno de los muchachos que cuidaban el ganado. Él le suplicó que lo perdonase, que le diera otra oportunidad, que cambiaría. Después de meses de calvario, la pareja había llegado finalmente a un acuerdo: seguirían juntos a pesar de todo. Ninguno deseaba el escándalo. Con el tiempo, aprendieron a pastorear desilusiones con una habilidad tan asombrosa que, desde fuera, la gente de Aldealcuervo continuaba viéndolos como una pareja ejemplar.
Claro, que las gentes no podían suponer el sufrimiento de ella, ni su inconfesable escapatoria, aquella infidelidad en el terreno de los sueños que escapaba a toda comprensión.


Adela se separó de la ventana y comenzó a servir café en dos tazas de porcelana.
- ¿Lo quieres con leche?
- Sí. Y no lo cargues mucho, que luego me quita el sueño.
Adela le festejó la gracia, y su risa, suave y cantarina, inundó el cuarto del hotel.
La mujer recordaba perfectamente aquellas dos tazas. Eran de su niñez, la suya y la de su hermana Hermelinda. Tenían un ribete de flores descolorido y el asa demasiado pequeña como para meter el dedo, y había que engancharlas con el meñique.
Intentó adivinar a qué sabría hoy el café. Dio un sorbo, y un gusto pesado y concreto de desayunos de la infancia resbaló por su garganta, reconfortándola y haciéndola sentir por primera vez segura de sí misma.
Sonrió a su amante, más animada.
- Antes me sentí hueca y me asusté.
- No te preocupes, lucero.
- Ya. Pero resulta difícil imaginarse por dentro.
Él se quitó la chaqueta que traía cubierta de polen de otros sueños, la sacudió con fuerza y los colores en la habitación se hicieron todavía más intensos.
- Yo sí que te he visto por dentro. – dijo él.
- ¿En serio? ¿Y cómo soy?
- Eres inmensa. Y estás llena de una sustancia dulce, palpitante, como la pulpa de la naranja. Ni siquiera las margaritas tienen los ojos tan grandes.
Ella volvió a sonreír y se le echó al cuello. Levantó las piernas y allí se quedó, colgando, como cuando tenía siete años y marchaba al olivar con su madre, y jugaba a trepar por los olivos.
- Qué bonito lo que me dices. A veces se me olvida lo artista que eres.
Él le hizo un gesto entre divertido y alarmado, señalando con la cabeza hacia abajo.
- Cuidado Adela, siempre que te pones alegre se te vuelve el cuerpo de niña chica.
La mujer bajó la mirada y se encontró con aquel cuerpecito de la niña flaca que había sido, el de cuando tenía siete años y en Aldealcuervo la llamaban Adelita la Cordera, de tan enmadrada y tan caprichosa como era. Entonces soñaba que algún día volvería a tener a su vera a un hombre fuerte y de manos gigantescas como su padre, que había desaparecido el año anterior después de que se lo tragase una ola.
               Adela se ruborizó y de inmediato regresó a su anatomía adulta.
- Mecachis…
- No te preocupes, mujer. A mí me gustas de todas las maneras.
En ese momento la lamparita del cuarto vaciló y ambos se sintieron aliviados al quedarse a oscuras, al no tener que preocuparse más por la tarea engorrosa de guardar la exactitud de las formas.
Gracias a la escasa luz que penetraba por el ventanuco del cuarto, imaginaron los contornos de las siluetas que tan bien conocían. Eso era suficiente. Adela se arrojó sobre la cama y se emboscó entre las sábanas.
- La primera vez que te vi en este mismo cuarto, no podía creer que fueses tú. – dijo.
- A mi casi se me paran los pulsos.
- Es verdad. Resulta difícil de creer. Estar enamorados en este sueño y estar tan separados el uno del otro en el mundo de fuera.
El hombre, que no era otro que su marido, el poeta de la isla, la atrajo hacia su cuerpo y comenzó a besarla.
- Deja de pensar en eso, mujer. Dijimos que ni una palabra del tema.
Pero Adela no pudo desprenderse esta vez de aquel nefasto pensamiento. Aquella noche se encontraba demasiado sacudida por todo lo sucedido: la paloma atrapada en el hielo, su cuerpo de niña, el recuerdo de aquel marinero fornido que había sido su padre. Recordó, eso sí, el pacto secreto que había establecido con su amante: vivir disimulando allá en la vida real, no darse el uno al otro ningún indicio que los delatase; por nada del mundo hacer mención a ese lugar común que habían encontrado, ese sitio idealizado en el que la pareja finalmente había logrado amarse con una pasión que cumplía las expectativas de ambos.
- Sí. El pacto. – dijo ella. – Es importante no dejarse llevar. Es fundamental no pensar en eso.
Y es que aquel acuerdo tenía una clara finalidad. Adela albergaba el temor de que, con sólo hablar de ello con su esposo, el sueño podría contaminarse inmediatamente de realidad, y entonces correrían el riesgo de perder aquel reducto precioso y sagrado, el escape que todavía los mantenía unidos a pesar de todo.
- Es horrible. – dijo ella. – Siempre me acuesto contenta porque voy a verte, y siempre me despierto llorando a su lado.
Su amante le cerró la boca con un beso.
- Anda, calla de una vez. Nos queda poco tiempo. Hoy tienes el día tonto. Podríamos hablar de otras cosas ¿no?
Pero ella no conseguía quitarse los fantasmas de la cabeza.
   - Lo que me pasa es que ya dudo de todo.
- Pues entonces rompamos el pacto. Hablemos de esto cuando nos despertemos. Plantémosle cara de una vez por todas para ver qué pasa.
Ella lo imaginó en el otro mundo. Sucio, como allí lo veía cada vez que se lo cruzaba. Manchado para siempre de las caricias y de los besos de otro. Un hombre al que, por mucho que lo intentase, nunca conseguiría comprender ni perdonar.
- Ni hablar. – sentenció Adela.
 No. Ni hablar. La sola ocurrencia de que el otro nombrase a éste le quemaba la sangre, aunque en el fondo, de alguna forma retorcida y cruel, supiera que se trataba de la misma persona. Adela estaba casi segura de que aquello hubiese echado por tierra todo. Si tocaba el tema con su marido, entonces, cuando mañana se durmiese, cuando regresase a este hotel, al encontrarse con su amante ya no podría verlo como tal, pues en los ojos del soñado vería irremediablemente el reflejo del soñante.
Adela comenzó a llorar entre el revoltijo de mantas. Él se acercó y le cantó una canción al oído.
- Nana niño nana del caballo grande que no quiso el agua. El agua era negra dentro de la rana…
- … cuando llega al puente se detiene y canta. Quién dirá a mi niño lo que tiene el agua, con su larga cola, por sus verdes alas.
- Duérmete clavel, que el caballo no quiere beber…
- Duérmete rosal, que el caballo se pone a llorar…


Adela y su amante permanecieron unos minutos más abrazados. Puede que transcurriesen segundos, quizá horas. El tiempo de los sueños casi nunca corresponde al tiempo real, y eso a veces jugaba en beneficio de la pareja, y otras veces en su contra.
La mujer alargó la mano y tomó la taza de café a tientas, de memoria en la penumbra.
               - ¿Oyes ese ruido?
             - No es nada. Serán los bueyes pasando por la calle. El ruido se está metiendo dentro del sueño, eso es todo.
             - No lo creo. Es mi marido, que se está revolviendo. Si se despierta te arrancará de mi lado, el muy cabrón.
  - Por eso no te preocupes, sabemos que duerme como un tronco.
     Ambos adivinaron la sonrisa del otro en la penumbra. Luego hubo un largo silencio.
  - Hay algo más que me atormenta. – dijo Adela.
  - ¿Todavía estás con eso?
  - Sí. Es algo que me reconcome por dentro. Aquí y en el mundo de fuera. No te olvides que, por desgracia, yo soy la misma allí que aquí, y tengo todo el tiempo del mundo para barruntar las mismas tres o cuatro cosas que siempre me dan vueltas por la cabeza.
- Háblame, entonces.
La mujer se incorporó en la cama y le tomó las manos.
- Imagina que por fin decidimos romper el pacto y hablarlo.
- Adela…
  - No. Escúchame esta vez. Imagina que ahora decidimos: está bien, podemos quedar a las seis en el mirador del Águila, cuando estemos despiertos, para tener una charla.
- ¿Y?
- ¿No te das cuenta?
- ¿Cuenta de qué, Adela?
- ¿Y si tú no te presentases? Y si yo, de vuelta a casa, te dijese: ¿por qué no has venido al mirador del Águila, como teníamos acordado? ¿Y si entonces tú me mirases de arriba abajo sin entender, sin saber de qué coño estoy hablando? ¿Sabes lo que eso vendría a significar? Pues te lo voy a decir. Eso querría decir que ni siquiera compartimos este sueño. Eso querría decir que soy yo la única que está soñando, la que se imagina todas las cosas.
El hombre se puso en pie y encendió de nuevo la lamparita del cuarto.
- No me mires así, por Dios. – dijo ella, casi gritando. – No me mires como si estuviese loca. Esa es la mirada que temo. El tipo de mirada que vendría a decir: estás como un cencerro, mujer. Igual que piensan las demás costureras, igual que piensan todos en el pueblo desde que dije que en lo alto del cerro vive una virgen a la que Dios abandonó, igual que nos abandonó a nosotras. Ellos no entienden que yo vaya a visitarla, que yo suba hasta la ermita para pedirle que me haga olvidar la imagen de esos dos hombres tumbados en la paja, haciendo cosas horribles que ni siquiera…
- ¡Dios, Adela, para ya! Olvídate de eso, joder. Tienes que perdonar a tu marido…
La mujer tenía los ojos encendidos. Su cuerpo comenzaba a ganar volumen en la habitación, su respiración entrecortada presagiaba el inicio de lo que podía convertirse (como tantas veces sucedía) en una terrible pesadilla.
- ¿Ves lo que pasa? – gritó ella. – Igual que no debemos hablar despiertos, no deberíamos hablar aquí de estas cosas. ¡Este lugar podría emponzoñarse! De pronto casi me cuesta trabajo mirarte a los ojos. Ahora mismo casi te veo como aquel otro, el de fuera, el hombre que me ha echado a perder la vida…
Él dio un salto y le tapó la boca.
- Qué cosas tienes. ¿No me ves? Soy yo. El que se muere de amor por ti.
Ella pareció rendirse.
- ¿En serio? ¿Me… lo prometes?
Él le contestó con un beso apasionado, con el mismo beso apasionado que ella creyó sentir en la primera cita, hacía ya muchos años, aquella tarde lluviosa de marzo en el puerto de Aldealcuervo, sobre la cubierta de un barco de nombre extranjero.
-                  Te lo prometo, Adela. Soy yo. ¿Es que acaso no me ves? Soy el que daría la vida por ti, lucero. Y éste no es un sueño solamente tuyo. ¡Éste es el sueño de los dos!
Adela rompió a llorar. Abrazó a su amante por el cuello y volvió a imaginarlo como su padre, ese padre que le venía faltando desde que el mar se lo tragase cuando ella tenía seis años, el único hombre de verdad que había conocido, ese que tanto añoraba. Por un momento el cuerpo del que tenía entre los brazos fue sustituído por el cuerpo del marinero, más a ninguno de los dos les importó ni hicieron nada por impedirlo.
- Tienes razón… ¡Dios mío! No sé que me ha pasado hoy. Debo estar tonta. Es por culpa de la paloma. Es por culpa del viento. Esta semana no ha dejado de soplar ni un momento.
 Él la besó y habló con los labios pegados a los suyos, las palabras estallándole en la boca.
- No pasa nada, lucero. – dijo esta vez con la voz que Adela recordaba de su padre - ¿Quieres una prueba de que este sueño no es solo tuyo? – el hombre señaló la mesilla con el jarrón. - Aquí la tienes. Tú nunca puedes recordar el color violeta. Sin embargo… ¡mira como fosforecen los lirios, como inundan con su olor crudo toda la habitación!
Ella se desinfló en un suspiro y se rindió entre sus brazos.
- Tienes razón. Qué tonta me pongo a veces.
              - Muy tonta, sí. Y muy guapa, por cierto.
              - Pero te juro que esto no va a volver a pasar.
              - Claro que no…
              - Allá afuera nunca diremos nada. Y en esta habitación queda prohibido nombrar las cosas del mundo. 
               - Trato hecho.
 Adela y su amante volvieron a besarse. Entonces a ella se le empezó a confundir la forma al borde de un aliento, y prosiguió con la voz deformada por los indicios de realidad que deterioraban los acordes frágiles del terreno onírico.
- Nana niño nana del caballo grande que no quiso el agua…
- Duérmete clavel, que el caballo no quiere beber… - prosiguió él, con la voz y el arrullo de su padre, el marinero - Despierta, rosal, que el caballo se pone a llorar…
  Primero a lo lejos, cada vez más cerca, comenzó a escucharse el maldito viento.





 










1 comentario:

  1. Despues de un rapido corta/pega leamos en papel las palabras y después comentemos!

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