Páginas vistas en total

martes, 3 de mayo de 2011

ME VOY PAL CAMPO (4)

Sí, efectivamente. Como dice Stephen King, la telepatía existe. La literatura es, básicamente, un acto de telepatía. Yo estoy aquí sentado, martes, son las 19:39. Puedo mirar por la ventana de mi cuarto y describirte el paisaje de Guadarrama, la sierra antigua juntándose con la otra más escarpada, el acolchado cosido a retazos de los campos, el vuelo de las golondrinas que, casualmente, están haciendo un nido de barro sobre la puerta de entrada de la casa. Telepatía. Tú, horas más tarde, en tu casa, o sea, ahora, por un acto de magia y telepatía, yo aquí en silencio, tu allí en silencio, recibes y compones en tu mente los campos, las golondrinas, el nido, esas imágenes que te envío sin intermediarios, directamente de mi cabeza a la tuya.

Ayer bajé por la vaguada de hierbas salvajes que desciende atravesando el monte, por el lecho de un río, hasta la carretera de Torrelaguna. Era la primera vez que volvía a hacer este camino desde hace más de veinte años. Era mi camino de perderme cuando era un niño, mi camino de coger a mi perrita y salir a inventarme el mundo. Un niño raro. Un niño gordo y solitario con todo el tiempo del mundo para inventar veranos.
Según dejaba las últimas casas atrás, me daba cuenta de que éste era un camino que no he dejado de transitar, de tan olvidado. Lo he recorrido varias veces en sueños, y por eso cada recodo era tan impactantemente familiar. Ayer iba con Diesel, mi perra. Ofelia se quedó en casa porque está casi ciega y se me pierde todo el rato, que de eso no se habla, de las personas que acabamos haciendo de lazarillos de los perros, pero seguro que somos bastantes.
Descendí hasta el lecho del río plagado de hierbas tan altas como torres, encinas, enredaderas que hervían al sol, flores de tréboles, tomillos como ramos de novia. Llegué hasta la pequeña charca donde solía detenerme. Allí estaba, intacta, como si mis paseos en sueños durante estos años la hubiesen mantenido en su lugar.
Me senté en una roca, comencé a pensar en mi pasado, y como ocurre muchas de las veces en la que profanamos un recuerdo tan vívido, por un momento volví a ser ese niño, y se me vino encima todo el tiempo transcurrido, y por un momento hasta me maree. Veinte años, un par de segundos ¿qué diferencia hay?
Entonces, por un sortilegio de los raros, en vez de ser el adulto que mira con miedo y con cierto rubor todo este tiempo transcurrido, en lugar de ese adulto, como decía, me convertí en el niño clarividente que sueña su futuro sabiendo que va a ser cierto, casi asustado porque sabe lo que va a pasar, los amores, los fracasos, las alegrías venideras, los veranos en Menorca y en Ibiza, las novelas escritas, las heridas que llegarían puntuales como solo sabe ser puntual el filo de una navaja, los amigos, las noches de pedo sin dormir, las horas de terapia, todo, de golpe fui ese niño que lo vislumbra todo.

En estas épocas de telepatías varias (escrituras, facebook, blogs, watsupps, etc) es quizá cuando nunca acabamos de estar del todo solos, y cuando estamos más solos que nunca.

2 comentarios:

  1. No te sabría decir por qué, pero me has recordado en este post a Merce Rodoreda...

    Y aunque hay un punto de soledad en estos estados telepáticos, yo cada vez estoy más contento de la capacidad de (ciber)conectarnos que se nos brinda.

    ¡Qué texto más bonito!

    ResponderEliminar