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martes, 1 de febrero de 2011

SUENA EL MOVIL

Suena el teléfono móvil.
En el invierno llevo el aparatito en el bolsillo interno de mi chupa, pegado al corazón. Cuando suena, me llevo siempre la mano al pecho en un gesto instintivo, que desde fuera puede parecer más afectado de lo que realmente es. De los instintos, existen los bajos y existen los altos. De los altos nunca se habla, a saber si existen. Este, el de llevarme la mano al pecho, resulta bastante significativo.
Suena el móvil.
Parece un hecho simple y aislado sin embargo... ¡cuántas mecanismos inconscientes se desatan a raíz de tan pequeño suceso! Resulta difícil de reconocer, pero interiormente es difícil no sentirse un pelín importante cada vez que se produce una llamada. Aunque sea un poco. Aunque sólo sea por el alivio y la corroboración de tu existencia, siempre encaminada a existir gracias a los demás. Suena el móvil. Es imposible no crearse cierta expectación, cierto latido.
En una simple llamada, en dos décimas de segundos se juegan nuestras esperanzas de una noticia que siempre aguardamos y que posiblemente caducará antes de materializarse o, peor, nos vayamos a la tumba con ella. En dos décimas de segundos sucede el sobresalto y la invasión de nuestro gran mundo de pensamientos de pronto interrumpido. Es casi como estar leyendo un libro y vernos obligados a levantar la mirada de la página para mirar hacia fuera.

En esas dos décimas de segundos que preceden a la llamada puede medirse lo que esperamos y lo que tememos de la vida, hechos inconscientes y puede que no asumidos que, si estamos pendientes, pueden mostrarnos las claves de nuestro presente. La melodía del teléfono puede ser el estallido de esperanza cuando anhelamos una llamada de alguien que acabamos de conocer, o puede ser la punzada de hastío cuando los acreedores de tu negocio todavía piensan que van a cobrar lo que les debes, o puede ser la promesa de abandonar el aburrimiento de la rutina, o también el terror fatídico de esa llamada a las cuatro de la madrugada, a esas horas que la muerte siempre elige para dar las malas nuevas.

Suena el móvil. Me llevo la mano al pecho. Móvil y corazón, tan juntos, con esa intimidad que me intimida. ¿Quién será? ¿Qué será? Imposible no sentirse un poco expectante, un poco importante, recién arrancado de la intimidad de mis pensamientos y de mi mundo.

Miro la pantalla. Número privado. ¿Lo cojo o no lo cojo? Terrible decisión.



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