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martes, 8 de febrero de 2011

MI MUERTE

La semana pasada estuve viendo un documental del National Geogrphic sobre la segunda guerra mundial. Como siempre que observo algo, los detalles más relevantes (fechas, personajes, batallas) tienden a disolverse en mi percepción, más preocupada en captar detalles (la mirada de aquel soldado, ese perro relamiéndose en la trinchera, la bandera ondeando sobre un cielo de 1943). Creo que por eso siempre me costó memorizar la historia. O memorizar las cosas importantes cuando el profe las daba en clase. Mi percepción siempre estuvo emparentada con lo próximo, con el milagro del alrededor, y eso me ha hecho perderme las cosas "importantes", tan difíciles de asumir, como la caída de un imperio o la vida de Alejandro Magno. Para mi, sentado en el pupitre de mi niñez, terriblemente aburrido, tenía mucha más importancia la luz que entraba por la ventana o ese pelo erizado al aire de la compañera que tenía delante.
Con los documentales, con este documental en concreto, me pasa lo mismo. Además, por motivos añadidos, que es a lo que quería ir,

Muchas veces (creo que no soy el único) he intentado imaginarme la continuidad de la vida después del día de mi muerte. Me cuesta, la verdad. Nos cuesta imaginar cómo todo sigue su curso cuando ya uno está metido en el cajón o con las cenizas esparcidas por tu lugar favorito que es muy bucólico, sí, pero que a mi siempre me ha dado como repelús porque ya bastante esparcido he estado a lo largo de mi vida como para estar en mil sitios a la vez de muerto. Vamos, que prefiero pudrirme en un lugar concreto, pero bueno, mejor lo dejo, que ya me estoy yendo por las ramas.
A lo que iba. Pienso en el día de mi muerte y me cuesta imaginar el mundo continuando sin mi. No es que me cueste pensar en el mundo continuando sin mi como suceso general, es decir, el mundo evolucionando, saliendo al mercado el Iphone 5, el Iphone 6, el Iphone 7, la civilización descubriendo la vacuna del SIDA y lo que vaya a venir. No. En general, no me trastorna pensar que la humanidad seguirá adelante. Es cuanto más me acerco con lupa, cuanto más me arrimo a los pequeños detalles cuando me entra el desasosiego.
El primer telediario de las tres del día que yo falte, esa presentadora hablando y hablando como si tal cosa sobre cualquier noticia, eso sí que no lo puedo soportar. Y cuanto más acerco la lupa de los detalles, más se me retuerce el estómago. Esa hoja del olivo que han puesto en la Gran Vía temblando en un segundo concreto (¡y yo no estoy!), el tiempo detenido en el chorro cantarín de la fuente de Aldeonsancho, sonando toda la tarde, y yo sin estar.
Sin estar.

Con los episodios de la segunda guerra mundial me pasaba algo parecido. Mi imaginación viajaba, se iba. Muchas veces me he preguntado cómo sería el mundo cuando yo no esté. Pues bien. Ahí estaba. Yo en 1943 no existía. Yo, en 1943 estaba muerto, tan muerto como lo estaré dentro de algunos años. Y sin embargo... allí estaba, el mundo sin mi, como si tal cosa. La nube retorciéndose en el cielo (y yo no estaba), el humo de un cigarrillo desintegrándose en el aire (y yo estaba muerto), la mujer polaca entregando una flor a un soldado, y yo no existía.

Muchas veces me pregunto cómo es estar muerto. Isabel Allende decía que la vida es un montón de ruido en medio de dos insondables silencios. A mi que no me venga a vender ahora la Iglesia la vida en el más allá.
Si somos eternos, entonces también nos acordaríamos de la otra muerte, de la que sucedió antes de nacer, que es, en definitiva, la muerte más larga.

Pasamos tanto tiempo muertos y tan poquito vivos que, en la inmensidad del tiempo, la vida no deja de ser algo anecdótico.

Pasadlo bien mientras dure.



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