Páginas vistas en total

sábado, 19 de febrero de 2011

GANAS DE PRIMAVERA

Paso estos días metido dentro de casa, saliendo poco, relacionándome menos, metido en el proyecto de mi próxima novela. Una editorial se ha interesado en reeditar mi primer libro que publiqué hace trece años, una serie de cuentos encadenados que configuran una novela corta titulada LAS MALQUERIDAS. Pronto colgaré aquí en el primer capítulo para que opinéis.

Últimamente tengo la desasosegante sensación de que todo lo que sucede, sucede únicamente dentro de mi cabeza.

Para los que solemos habitar con un deleite casi enfermizo ese espacio escurridizo denominado Nuestro Mundo Interior, la llegada del invierno suele resultar ser una buena noticia. El frío, el recogimiento, nos devuelve a ese mundo cóncavo donde se cuecen las historias y la fantasía, nuestro pequeño mundo interior, ese mundo en el que por lo general es más fácil movernos, como contrapunto a los amplios espacios de fuera.
El invierno es para adentro lo mismo que la primavera y el verano son para fuera.
Personalmente, llegado un punto en el mes de agosto, me suelo encontrar agotado y perdido, con ganar de recogerme. Agradezco los primeros fríos del otoño que me devuelven a mi mundo, al interior de la casa, al interior de los bares, mantita, sofá y calor humano (la mayor parte de las veces el mío propio). Pero con las mismas sucede que a finales de febrero, después de tanto tiempo "recluido", mi espacio interno comienza a quedárseme obsoleto, mohoso, y mi cuerpo comienza a gritar: basta, que se acabe ya, que comience la primavera de una puta vez.

LAS MALQUERIDAS es una historia mágica y folclórica, cuya primera parte escribí a los dieciocho años. Lo hice imitando a mi ídolo Gabo, cómo no, y es que cuando uno comienza a hacer algo en el terreno artístico, lo hace siempre emulando a sus ídolos.

Venga, joer, que sé que lo estáis deseando, os cuelgo los primeros párrafos de la novela.

SALUD!


LAS MALQUERIDAS

de Ariel Capone

A Pilar Baides, que postrada sobre mi cama en el hospital, con una mano desmayada sobre mi frente me leía versos de Machado para espantar la muerte.

Para ti, mamá.

UNO

CLARA LA LIRIO

Ninguno de los que descubrieron a Clara la Lirio en su lecho de muerte pudieron olvidar jamás el intenso olor crudo de lirios ahogados que les salió al paso al abrir la puerta de su habitación.

Había muerto a los setenta y cuatro años, y cuando descubrieron el cadáver comprendieron que ya era tarde para preocuparse por una vieja sin descendencia de la que, por no saber, ni siquiera se sabía con certeza en dónde había nacido.

Al parecer, el único testigo de su muerte había sido el mar Mediterráneo, que la espiaba día y noche por el ventanal de su cuarto y, tal como afirmaría poco más tarde el forense de Aldealcuervo, la muerte había visitado a la vieja tres semanas antes por una repentina asfixia en el corazón.

La gente del pueblo comenzó a preocuparse cuando llevaba ya más de diez días sin bajar al mercado a por víveres, y pensaron que algo malo podía haberle sucedido. El primer grupo de curiosos que llegó a la casa y descubrió el cadáver algunas horas antes de que la policía local acordonara la zona, se percató enseguida del olor crudo de lirios ahogados estancado en la habitación, inexplicable teniendo en cuenta que en toda la casa no había ni una sola flor.

Parecía cosa de brujas.

La anciana yacía bocarriba en la cama de matrimonio pulcramente recogida, con las manos sobre el embozo como si ella misma recién acabase de doblar la sabana de lino, sobrellevando la muerte con una altivez tan impresionante que al verla así costaba trabajo no imaginarse que ya estaba velada e incluso enterrada desde hacía tiempo.

Por lo menos eso le pareció a los que la encontraron en la cama, los mismos que se había pasado la vida especulando acerca de la muerta sin que hasta aquel día nadie pudiese corroborar muchas de las historias que de ella se contaban, alimentando de esa forma la leyenda de Clara la Lirio.

Pronto la casa del acantilado acabó de atiborrarse de curiosos que querían verla por dentro. En todos los años que Clara había vivido allí, pocas habían sido las visitas a excepción de Pepe Cónsul, el médico de una aldea vecina que solía atenderla.

Fue uno de los velatorios más tardíos y más concurridos de la isla.

La gente inundó en pocas horas la casa en cuanto corrió la noticia de que Clara la Lirio había fallecido en extrañas circunstancias. Se chocaban como idiotas por los pasillos, desbarataban sin querer los floreros llenos de flores secas y la porcelana china, tomándose la revancha de una invitación que nunca les llegó.

Cuando descubrieron el cadáver eran las cuatro de la tarde y el sol hacía hervir por el inmenso ventanal el olor de los lirios junto con la fragancia dulce a carne vieja de Clara.

La anciana reposaba apenas vestida con un camisón de gasas color celeste que dejaba intuir las formas desafiantes que hubo de poseer en décadas anteriores. Los curiosos que invadían el cuarto iban quedando petrificados al descubrir una alfombra compacta de florecillas violetas que se ascendía por la sábana y trepaba hasta sus muslos, y a continuación se elevaba cuajando por completo el inmenso cabecero del camastro de nogal.

Los curiosos que se santiguaban, lo hacían más con la intención de espantar posibles demonios que por respeto a la memoria de la difunta.

Todo lo que había costado una larga vida construir fue en pocas horas arrasado por los isleños que, ansiosos de encontrar alguna fotografía o misiva que pudiese arrojar algo de luz sobre el oscuro pasado de Clara, revolvían los cajones con disimulo hasta que cayeron en la cuenta de que todos habían venido a lo mismo.

- ¿Sabéis lo que se dice de ella, verdad?, - dijo una vecina.

- ¿Lo del burdel?

- No, mujer, eso lo sabe todo el mundo. Lo de que era una mujer maldita. Lo de que contagiaba su mal fario a todos los hombres que se le acercaba.

- Algo de eso comentaban, sí. Y también lo de la virgen esa, la de la ermita que hay en ese cerro, la que sólo se le aparecía a las putas.

- Dios nos pille confesados, menuda blasfemia.

- Pues sí. Esta vieja es la última que queda del burdel, a las demás putas parece que se las comió la tierra.

- Imagínate. Aquel antro fue poco menos que la perdición de este pueblo. Ahora solo quedan las cenizas.

Los curiosos, contagiados de una repentina complicidad, se repartieron el trabajo en grupos. Parecían estar poseídos de un extraño estado febril, y mientras las mujeres desmantelaban los armarios haciendo volar por los aires los vestidos de tafetán y los abrigos de pieles, los hombres se agolpaban en el jardín posterior para cavar donde, según una de las vecinas, cierta vez se había visto a Clara con una pala y un baúl tan grande como para albergar dos fiambres en su interior.

Bien entrada la tarde, decepcionados por la falta total de indicios y embriagados por el inquietante sortilegio que parecía provocar el asfixiante olor de los lirios ahogados, bajaron en tropel al sótano a beberse las botellas de vino que Clara reservaba para las ocasiones especiales.

Así fue como lo que había comenzado siendo una visita de pésame a quién sabe quién, acabó convirtiéndose en una fiesta desmadrada de cotilleos y búsquedas infructuosas, pues si había algo que Clara se había llevado con ella al otro mundo era, desde luego, el acertijo de su propia existencia.

La casa quedó destartalada, las alfombras arrancadas del sitio y los grifos con goteras, las puertas chirriando con los primeros vientos del alba.

Los que volvieron para santiguarse frente al cadáver a último momento aseguraron que las florecillas violetas que cubrían a Clara se habían extendido por la noche hasta convertir el cuerpo de la difunta en una especie de estatua floral, compacta y majestuosa.

No había ninguna duda: parecía cosa de brujas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario