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domingo, 20 de febrero de 2011

El dolor como motor de cambio

A estas alturas no hace falta hacer hincapié en la potencialidad de los momentos duros en la vida para transformarnos, para hacer que maduremos o seamos mejores.
Bien como dosis de humildad, bien haciéndonos bajar del pedestal de insatisfacción para percibir la vida desde un nuevo punto más realista, los momentos de dolor, tan inherentes a el hecho de estar vivo, contienen en sí mismos la semilla del cambio y la transformación.

Todo ser vivo tiende a seguir en su estado de inopia hasta que nos vemos obligados al cambio y a la adaptación, y eso casi siempre vienen precedido por un estallido de dolor, generalmente a la par de un estado de negación cuando todavía nos queremos aferrar a los antiguos patrones de vida que, irremediablemente, se acaban.

Seguramente, si no fuese porque, en algún momento de la historia de este planeta un trozo de mar comenzó a secarse y a estar sobrepoblado de peces, ninguno de ellos se hubiera visto en la tesitura de tener que abandonar el agua para caminar por la tierra firme. En este caso, el patrón es exactamente igual al de nuestras crisis: lo de antes ya no sirve, la vida nos pide un cambio y hala, a joderse, a cambiar branquias por pulmones si queremos seguir vivos, con el correspondiente trastorno y dolor que supone dicha adaptación.

Según esto, el dolor parece inevitable a la hora del cambio. Y lo es. Claro que lo es. Hemos tenido que ver unas torres gemelas ardiendo para que las consciencias populares se vapuleasen (en este caso no sé si para bien o para mal), hemos tenido que vivir un holocausto para que ese dolor sirviese de ejemplo de lo que jamás se puede repetir; ciertos países que ahora reivindican sus derechos en las plazas han tenido que pasarla canutas para llegar a revelarse contra la opresión de los tiranos, y de la misma forma sucederá cuando por fin seamos DE VERDAD conscientes del horror de África, de ese cáncer social que son los bancos (esto ya lo estamos viendo), de la factura que pagaremos por el deterioro del medio ambiente.

Nuestra vida individual no es más que un segundo en la existencia de la humanidad, somos apenas un paso en el amplio desarrollo de una historia de millones de milenios, y puede que por eso nuestra vida individual nos parece tantas veces que carece en sí misma de sentido, pues sólo podrá ser juzgada con la perspectiva del tiempo dentro de millones de años, cuando los que nos precedan digan: mira tú, para esto tenía que haber hambre en aquellos siglos, para aquello fueron esas guerras.

Pero comienza a despertar una nueva consciencia.
He escuchado ya un par de veces que el viejo patrón de vernos obligados a necesitar el dolor como motor de cambio comienza a desaparecer. Ya no necesitamos el sufrimiento para reaccionar. La consciencia puede despertar de muchas otras formas, como puede ser la meditación, que fulmina nuestra programación y nos absuelve del hecho de tener que ser esclavos de nuestro pasado, costumbres, modas, religiones y cultura.

Esto no es fácil. Y estamos muy al principio. Pero con el tiempo estoy casi seguro que estos sucesos tan horribles que suceden hoy en el planeta tendrán un sentido, no dentro de nuestra corta vida, claro que no, pero sí observado con el prisma del tiempo.

Convendría, en cualquier caso, intentar tener en cuenta la idea de que no hace falta generar más sufrimiento para poder transformar el mundo.
Salgamos del agua a respirar con pulmones antes de que se seque el mar, desarrollemos alas antes de que se acabe la comida en la tierra y tengamos que buscar en las copas de los árboles.
Hagámoslo desde la quietud y desde el silencio, y sobre todo hagámoslo sin tener que esperar las crisis que tanto dolor nos obligan a sentir.

Sí, tengo el día místico ¿qué pasa?

Joderse

2 comentarios:

  1. La evolución siempre va ligada a un hecho traumático, si pudiéramos romper esta cadena milenaria ahora es el momento ...

    @jiriepar

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