Páginas vistas en total

lunes, 28 de febrero de 2011

El conflicto de los países árabes

Hay un pajarillo que siempre ha llamado poderosamente mi atención. Desde chico, el pequeño gorrión me ha fascinado.
En mi casa de Bahía Blanca solían anidar en los huecos de las tejas, y más de una vez los polluelos terminaba en el suelo. Era imposible entonces intentar criarlos. Todo el mundo daba por hecho que a un gorrión solo lo podía sacar adelante su propia madre. Como mucho, dejarlo en un sitio visible para que ésta lo viniese a alimentar.

Curioso ¿no? De todos los animales que existen, el gorrión es el único con el que convivimos pero que nunca hemos llegado a ver en una jaula. Curioso, sí. Parece un detalle que casi nos pasa desapercibido, pero de sobra sabemos que un gorrión no aguanta vivo más de unos pocos días en una jaula.
¿Y por qué no puedo tener uno, mamá?, preguntaba yo de niño, allá en Bahía Blanca. Pues porque encerrados los gorriones se mueren, me contestaba, así, sin más, y se quedaba tan ancha.
Y yo me quedaba pensando, claro.
Lo primero, porque a esa edad no te valen las respuestas porque sí, y lo segundo porque la historia esta de los gorriones me parecía muy particular o, por lo menos, muy distinta al resto de animales los cuales, bien en una cajita con agujeros, bien en una pecera, podías siempre poseer.
Pero los gorriones no.
¿Qué sucede con estos pajarillos? ¿Es acaso una treta evolutiva esta imposición?
Mientras que los demás animales optan por adaptarse lo mejor que pueden al ser humano, acercarse a él, beneficiarse de él, evolucionar e incluso cambiar rasgos físicos y de carácter para estar más cerca del primate que reina en lo alto de la cadena, los gorriones siguen ahí, cabezones, anteponiendo sus convicciones a las posibles ventajas.

Cuando encierras a un gorrión en una jaula se muere, y ya está. No hay más explicación. En vez de comenzar a comer el alpiste artificial y conformarse con eso, en su cuerpecito se desata un suicidio autoprogramado gracias al cual, hasta el día de hoy, las personas hemos llegado a asumir como algo normal el hecho asombroso de que a este animal no se le pueda encerrar en una jaula.

A mi, para qué negarlo, ese empecinamiento sin resquicios, ese gusto sin límites por el aire y esa negativa rotunda a pasar a formar parte del mundo de los humanos, me parece en el fondo la apología más inmensa y la demostración más hermosa de ese concepto tan filosófico y tan difícil de definir como es la libertad.
La libertad a cualquier precio. La libertad como medio de subsistencia, como alimento básico del ser que, si en algún momento se interrumpe, pues eso, te mueres y ya está. Porque sí. Porque la libertad te nutre y no estás dispuesto a renunciar a ella por nada del mundo.
Y aunque sepas que tu vida acaba, te da igual porque sabes que tu muerte servirá como prueba de que los gorriones siguen siendo gorriones, por si quedaba alguna duda, por si nos quedaba alguna duda de que esta raza en concreto no se la puede encerrar, ni reprimir, ni obligar a pasar por el aro.

Ahora entenderéis el título del blog, supongo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario