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martes, 18 de enero de 2011

SOY MALA

Antes de que alguien se me tire al cuello, quiero aclarar un detalle sobre el título de este blog que hoy nos ocupa. Se trata del famoso uso o desuso del femenino para referirse a un sujeto (o masa) de origen masculino. Los gays y heterosexuales que solemos pasar buena parte del día dentro de un entorno homosexual, no utilizamos el femenino porque seamos más ni menos maricas. Paso a explicarme. En muchas ocasiones, al referirnos a alguien en tono jocoso, los seres humanos de, por ejemplo, Chueca y alrededores, cambiamos a A por la O al final de una palabra. No se alarmen ustedes, ciudadanos del mundo. No pasa nada. No entremos en el territorio pantanoso de lo ofensa o del debate de Intereconomía, porque no tiene nada que ver con eso.
Vamos con un claro ejemplo, para que ustedes lo puedan entender. Si yo tengo que llamarte ESTÚPIDO, pero en plan inocente y coloquial, para que me puedas entender puedo poner un JEJE al final de mi mensaje de Facebook del tipo "Eres un estúpido jeje" o, mucho peor, una de esas caritas que hay que mirar de lado y que inducen a las masas a la tortícolis del tipo :)
O de lo contrario (y aquí quería llegar) decirte simplemente: no puedo con tu rollo, ESTÚPIDA, y de esta forma imprimo un carácter distendido y jocoso al insulto, lo que me ahorra que me borres de tu lista de amigos.
Queda claro ¿no?

Bueno, dicho lo de antes, voy a romper una lanza a favor de las malas. Y no me refiero a las malas de verdad, que también las hay, vaya que sí. En mi gimnasio, sin ir más lejos está la Mala Malísima, un sujeto bastante conocido en el barrio. Sólo diré que Sara Palin a su lado es como Heidi, y no pienso nombrarla otra vez porque temo que me caiga una maldición y me atrase el cronómetro del ipod justo en el momento en el que tenga la crema depilatoria en los huevos.

En demasiadas ocasiones, sobre todo cuando era más joven, se me ha colgado la etiqueta de MALA. Y puede que tuviesen razón. Muchas veces he sido bastante mala, lo reconozco. Mala en mis comentarios hacia los demás, en esa práctica de la crítica hacia al otro, de la burla ante ciertas situaciones, del cotilleo en cuanto te das la vuelta.
Un puede quedarse ahí, simplemente con eso. Podéis pensar que cierto tipo de gays (la mayoría, me temo) son seres abyectos y sibilinos, malas pécoras sin remedio, lobilocas aburridas, salidas de tono.
Pero si rascamos un poco más es las pieles resecas de las hienas, nos encontraremos que ser mala puede llegar a cumplir una función. Muchas veces, la maldad en el comentario se establece como simple forma de conjurar situaciones difíciles de tragar, situaciones ante las que una persona normal se santiguaría la caspa y daría media vuelta. Nosotras, las malas, por no salir corriendo, por no tener religión ni ganas de perdernos la vida, nos hemos visto obligadas a solventar con humor dichas situaciones, nos hemos visto en la desagradable tarea de nombrar lo que usted, señor que nos critica, nunca se atrevería a nombrar por pudor pero que nosotras, las malas, que hemos pasado por tanto y nos la han jugado de tantas maneras, no tenemos inconveniente en hacer frente.
Muchas de ustedes, las buenas, son las que, con su punto de vista enrevesado, corrompen esas bromas que las malas aprovechamos para ir saliendo del paso, para reír por no llorar. Que ustedes no se atrevan con la palabra no quiere decir que la situación que tenemos delante sea impronunciable, y las que no le tememos a las palabras cargamos con la fama y con la lana.
Como dijo Alaska en la presentación de mi última novela, la vida da un miedo horroroso. Pues sí. Es verdad, y creo que Olvido hasta se quedó corta.
La vida da mucho miedo, y nosotras, muchas veces, no tenemos más que nuestro afiladísimo cinismo para cortar la pata del jamón, para salir casi indemnes de la situación, para salvar el puto pellejo nuestro y de paso provocar una sonrisa al que tenemos delante.



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