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domingo, 16 de enero de 2011

Mi última novela, El maleficio de la duda, tenía un pequeño prólogo. Sucede con demasiada frecuencia que los manuscritos originales de un libro no llegan al público de la manera que se idearon originalmente. Los autores nos vemos en la obligación de corregir, de meter tijera, y muchas veces hasta de prescindir de prólogos. En este caso, tuve miedo de que cierto tipo de público no pasase de la primera página al leer algo en cierta forma enrevesado o, más preocupante aun, algo que no representase el tono y el carácter de lo que vendría a continuación.
Este pequeño prólogo, inspirado en la estructura de libros como EL HOMBRE QUE SE ENAMORÓ DE LA LUNA, adelanta cosas que sucederán más adelante en la novela, algunas de bastante relevancia. Aun así, no destripa el argumento, pues encontrándonos tan al inicio de la narración, es de suponer que el lector no podrá recordar en los siguientes días de lectura detalles importantes cómo la forma de morir de la bisabuela Gertrudis o el papel relevante de Claudia, madre de Bastian, a la hora de poner fin a la maldición de la laguna de las dos Patas. Este prólogo trataba, simplemente, de crear expectación sobre cosas que sucederían a lo largo del relato y, de paso, tocar el tema principal de la novela, o sea, la memoria.
El otro día, hablando con Elvira Lindo, me confesó, sin ir más lejos, que había tenido que cercenar cincuenta páginas (creo que un total de dos capítulos) de su última y fantástica novela LO QUE ME QUEDA POR VIVIR.

Ahí va el prólogo, por lo tanto, para quien pueda interesarle.



EL MALEFICIO DE LA DUDA

Todas las historias incompletas, por pequeñas o grandes que sean, absolutamente todas las historias inacabadas buscan una cosa: encontrar su final.

Todas las historias incompletas subsisten como parásitos en las mentes de las personas buscando un final, buscando cerrar el círculo, decir adiós, desaparecer.

Están las historias largas, las que vienen de años y tienden a repetirse en sucesivas generaciones, como la de la abuela Gertrudis, que acabó flotando en la laguna con el estómago tan lleno de plomo que su cadáver apenas aguantó unos segundos antes de ser arrastrado hacia el fondo del agua.

O como la historia de Claudia, la madre de Bastian, esa mujer que, poco antes de desaparecer, vieron arrastrando por los lindes de la laguna aquel objeto misterioso que había truncado la infancia de tres niños felices, la vida de casi todos los habitantes de la laguna de las Dos Patas. Claudia también acabó flotando. Como si ese fuese el destino de la familia: flotar. Permanecer en un punto suspendida hasta que alguien completase la historia y fuese un paso más allá para poner punto y final, dando por concluido así el maleficio.

Punto y final. Ninguna historia incompleta descansa hasta buscar el suyo.

Son esas miradas ansiosas que se cruzan en la calle. Que buscan.

Quién sabe. Puede que anhelen concluir una historia de amor que viene de mucho tiempo atrás, que no descansará hasta ver materializado su final.

Las historias incompletas ansían completarse de la misma forma que los vivos reclaman a sus muertos para enterrarlos, con la misma desconsolada ferocidad sobreviven de generación en generación con cadáveres manoseados que discurren de mano en mano.

Y están las otras historias, las más pequeñas, las que rondan la mente de las personas. El recibo que no se pagó, el viaje postergado, el oscuro sótano al que cualquier día hay que bajar venciendo por fin la pereza.

Las historias incompletas, sean grandes o pequeñas, se alimentan de tu tiempo hasta dejarte seco, dijo alguien una vez.

Fue un a conversación entre dos amigos, una de esas conversaciones en la que se dicen muchas cosas. Fue una frase dicha sin pensar, como ocurre con muchas ideas reveladoras. Ninguno de los dos amigos prestó demasiada importancia a lo dicho, ni el que lo dijo por casualidad ni el que estaba escuchando y asintió de forma tajante con la cabeza. La gente asiente con la cabeza por todo, pero en el fondo solo están apurando el turno del otro para hablar.

Fue una frase que no quedó registrada en ninguna parte. Nadie tomó apuntes de ella, nadie la memorizó, ni siquiera duró cinco segundos en la memoria de los dos amigos que conversaban.

Era una oración en medio de una conversación en la que se habla de muchas cosas, y una pequeña oración en medio de un mar de palabras está condenada a desaparecer lo mismo que una gota de agua en la tormenta.

Es más: si todo lo anterior estuviese escrito y si, además, alguien se encontrase en estos momentos leyéndolo, casi seguro que a estas alturas el lector ni siquiera recordaría la maldita frase, y tendría que rebuscar en el texto para volver a leerla.




1 comentario:

  1. "Una llamada
    El se había sentado en el suelo y había comenzado a garabatear algo.
    Por din había entendido que faltaba una ultima historia
    ....escribe sobre mi...
    Era necesario reescribir la realidad haciendo hincapié en el hecho de que la niña gitana no había perdido la vida cierta tarde de agosto."

    Esto y el Epilogo donde la gitana grita por el micro del teléfono que el numero era el 66...

    No termino de concebir la idea de que el final sea así, tengo mucha incertidumbre...¿Que paso con Jose Carlos?
    ¿Murió el monstruo de la laguna de las Dos Patas? estos es ¿La dinamita si funciono? D:

    Ahhhh... esperaba un final mas resuelto, no me gusta dejarle a mi imaginación el final, soy muy obvio.
    Si tienes algo guardado todavía deberías soltarlo, por lo menos para algunos.

    Por otro lado es un excelente texto, siempre me mantuvo con la necesidad de continuar el relato, tiene ese "feelling" que hace que te envuelva y mañosamente mantengas la duda cuando tienes que dejar de leer, y esperar al siguiente buen día o momento en el que lo puedas leer.
    Felicidades y gracias por tan buen libro.

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