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domingo, 2 de enero de 2011

Los chaperos de la puerta del Sol

Esta semana he releído la novel LOS NOVIOS BÚLGAROS del genial Mendicutti.
En estos días navideños, divagando mis pasos por la puerta del Sol, me ha dado la sensación de que aquellas típicas lobilocas de la novela ya casi no se ven. Para el que todavía no haya leído el relato de Eduardo, le explico que las lobilocas a las que hago mención son aquellos señores mayores, en su mayoría con peluquín, que poblaban antaño el kilómetro cero de Madrid siempre perseguidos de una nube de jovencitos búlgaros o brasileños desempeñantes del oficio más antiguo del mundo.
Hoy he escrito a Eduardo Mendicutti, expresándole mi preocupación al no encontrar en la puerta del Sol casi ninguno de estos seres entrañables que, hasta hace poco, constituían una pieza fundamental en el delicado equilibrio del ecosistema de la zona centro.
Pudiera ser que estas lobas, al igual que el lobo ibérico, estén amenazados por algún tipo de peligro externo, o también puede se estén quedando obsoletas dentro de su obsoletismo o, simplemente, no tengan nuevas generaciones que perpetúen su especie. Quién sabe, a lo mejor las descargas ilegales también hayan puesto en peligro su supervivencia, digo yo, que ahora entre la crisis y con toda la pornografía en internet al alcance de nuestra mano nos quedamos mucho más tiempo en casa cascándonosla, de eso no hay ninguna duda.
Aunque, bien pensado, no creo que esta sea la razón por la que tales dignísimos y entrañables señores sean, como el buitre leonado, cada vez más difíciles de avistar. La razón de su pulular constante por la puerta del Sol tenía bastante que ver con la estrecha relación con los de su especie, con las disputas constantes que tan bien reflejadas aparecen en LOS NOVIOS BÚLGAROS. Al fin y al cabo, para los señores que se reúnen cada tarde en el club del jubilado, el dominó no es más que una excusa para la relación entre iguales, y de igual forma, en parte, creo yo que sucedía con las lobilocas y los chaperos.

Por alguna razón siempre he pensado que la supervivencia de estos señores estaba íntimamente relacionada con esos macetones que hacían de base a los raquíticos madroños en los que solían apoyarse, y que ya no existen gracias a esta manía de Gallardón por convertir los lugares públicos en espantosas superficies planas en las cuales montar sus rentables ferias que, al final, lo único que consiguen es que los madrileños no tengamos un sólo banco donde sentarnos, un solo parque donde pasear a nuestros perros o donde, simplemente, relacionarnos entre vecinos.
Desaparece el último resquicio del arbusto más representativo de Madrid al tiempo que desaparece la fauna que dependía de ellos para su supervivencia.
Hay que joderse.

2 comentarios:

  1. Y el colmo del esperpento urbánistico ya no son las plazas de asfalto que también, sino los bancos individuales...Horrible.

    Saludos.

    Josué B
    XXX

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