Páginas vistas en total

lunes, 3 de enero de 2011

LA ALEGRÍA

Cada vez soporto menos el bullicio de la celebración. Estoy hablando de las fiestas, claro, de las que son ahora y de todas las demás. Cada vez tengo más alergia a la espuma, al cotillón inflamable, al griterío histérico y a la aglomeración de la gente rebotando unos contra otros como una pesadilla de ping pong. No me siento parte de la forma de celebración del griterío, la borrachera, la sobredosis de compra y el ataque epiléptico de luces. Puede que me esté haciendo demasiado mayor, pero no comparto la falsa euforia como forma de alegría. El desahogo como diversión implica la tácita aceptación de vivir una vida de ahogo.
Mi alegría es mucho más cotidiana, mi celebración sucede en momentos del día cuando soy consciente de mi salud (antes sólo me acordaba de ella y la extrañaba al estar enfermo), cuando festejo el café de las mañanas y brotan los gérmenes de mis blogs o de mis próximas novelas, o los inesperados rayos de luz robados al invierno al girar una esquina, el tacto de mi perrita Ofelia, que ya ha comenzado a despedirse del mundo y se va yendo con una sabiduría innata, sin peleas, aceptando y rindiéndose a sus últimos años con paz y tranquilidad.
Creo que la alegría, la alegría de verdad, brota de dentro y no tiene nada que ver con las navidades ni con el orgullo gay.
Otra cosa es la felicidad, esa que siempre nos empeñamos en provocar y que tan poco dura y que tan poca huella deja.

No hay comentarios:

Publicar un comentario