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martes, 14 de diciembre de 2010

Principio de la novela EL MALEFICIO DE LA DUDA


Aquí te dejo el principio de EL MALEFICIO DE LA DUDA para que puedas comenzar a leerla en tu ordenador o iphone. Puedes encontrar la novela en todas las librerías y a precio "de bolsillo".




UNO

1.

Bastian volvió a mirar hacia la bañera aguantando el aliento. Luego cabeceó hacia un lado y sus ojos perdieron el equilibrio intentando enfocar un poco más allá de donde le permitía la vista. ¿Qué podía ser aquella cosa que se asomaba por el maldito sumidero, aquella cosa negra que llamaba su atención de una forma tan poderosa, casi hipnótica?

Llevaba al menos media hora tumbado en el suelo del servicio, abrazado a la fría loza del water sin saber a ciencia cierta cómo había ido a parar allí. Sin pretender molestarse siquiera en averiguarlo. El por qué era lo de menos. Las razones de las cosas, de un tiempo a esta parte, habían pasado a importar bastante poco.

En un esfuerzo por incorporarse, Bastian dejó volar su imaginación por el pasillo de su apartamento hasta llegar a la pequeña cocina americana situada en una esquina del salón.

Su imaginación: un pequeño pajarillo, la imaginación de un pez en una bola redonda de cristal. Nadie hubiera dicho ahora que aquel ave raquítica de frágiles huesecillos había sido capaz de inspirar la escritura de dos novelas robustas de cuatrocientas y pico páginas, dos novelas de pastas gruesas que encabezaban la lista de las más vendidas del pasado año, de ésas que en los centros comerciales tienen su propio stand de cartón, su mecanismo de lamparillas centelleantes de feria, la foto gigante del autor, en fin, todo un derroche de medios.

Bastian imaginó la cocina americana de su apartamento como si hubiese sido él quien acabase de entrar allí, la columna pintada de rojo fucsia con el póster de la Mala Rodríguez en el que había garabateado un enorme corazón de rotulador, la pared junto a la nevera donde, clavado con una chincheta, estaba aquel folio en blanco (aquel maldito folio) con doce marcas hechas a lápiz y trazadas con pulso de preso. Representaban doce días. El tiempo exacto que el escritor llevaba sin probar la maldita cocaína.

Sintió que las paredes del baño se inclinaban sobre su cabeza, se cerraban en bóveda y se volvían a abrir, duplicando de pronto la superficie del techo. Desvió de nuevo su mirada hacia la bañera (¿era su imaginación o la mandíbula se deslizaba a la misma velocidad de la cabeza, como si estuviese anclada sobre muelles hidráulicos?), en concreto hacia el sumidero, el lugar donde sobresalía esa cosa negra, tan inquietante como imposible de enfocar. Las piernas le fallaron, las malditas piernas haciendo de las suyas, y aterrizó de bruces sobre la taza del water, donde permaneció inmóvil.

Bendito frío el de la loza, una de las pocas cosas que continuaba fría en el apartamento por culpa del calor sofocante de finales de agosto. Apoyó la cabeza sobre la tapa donde podía leerse VITRA en una tipografía temblorosa y danzante, y condujo los dedos hacia la parte inferior de la taza de diseño, allí donde se acumulaban restos blandos de pelusas y montañitas de polvo.

Mejor olvidarse de momento de la bañera (¿qué podía ser esa extraña cosa negra…?) y detenerse unos segundos allí, arrullado por el sonido lejano de cañerías que ascendía como una digestión pesada y metálica desde las entrañas del edificio, y más abajo, desde las atestadas alcantarillas de la ciudad. Pegó con fuerza el oído a la cerámica a modo de ventosa y dejó que los ruidos del subsuelo de Madrid penetrasen por las yemas de sus dedos, por los doloridos antebrazos, por la columna vertebral, por la médula pulposa y blanda de los huesos hasta descargarse, ya amortiguado, en la parte más visceral del estómago, en ese sitio donde últimamente parecía ir a impactar todo.

Entonces ocurrió algo extraño y salvaje, casi bello. En el intervalo de unos segundos, una paz infantil, áspera como un parásito (como la frenética lengua de un gato) conectó las entrañas de Madrid con sus propias entrañas. Bastian apretó las abdominales, contrajo los músculos, convirtiéndolo su cuerpo en un simple y escalofriante paquete de vísceras. Fue un alivio inesperado, una especie de ensoñación de la que despertó todavía más cansado, como si todo el peso de la maldita ciudad se le hubiese echado encima.

Levantó la tapa del water con gran esfuerzo.

Dios, qué asco…, pensó.

Menuda visión. Una alfombra de espuma amarillenta y compacta flotaba sobre la superficie del agua. Parecía la contaminación jabonosa de un río, aunque Bastian sabía de sobra que aquella inmundicia no provenía de los residuos de ninguna fábrica nuclear sino de sus propios riñones. La causa estaba más que clara: algo dentro de su cuerpo se negaba a funcionar como era debido sin la oportuna dosis diaria de coca.

El biorritmo de la cocaína, menuda cagada: un día malo y dos peor. Te hacía esperar el malo con optimismo, y rezar para que nunca llegasen los otros dos. El hígado se había vuelto cavernoso y duro, como de piedra pómez; el corazón se había acostumbrado a latir siempre motivado por la misma jodida cosa. Riñones, hígado, corazón; todos esos órganos con sus diminutas naricitas abriéndose, cerrándose, como pequeñas branquias pidiendo desesperadamente la droga, diciendo aquí estamos, Bastian, no te habrás olvidado de nosotros ¿verdaaad?

Lo peor va a ser el primer mes. Eso le había dicho José Carlos Merchán, su fantástico terapeuta, pocas semanas antes. Siendo sincero, en aquel momento a Bastian no le había parecido demasiado complicado todo aquel asunto de la desintoxicación. Claro que entonces estaba con el culo bien acomodado en el sofá blanco de cuero de aquella clínica para niños ricos, con un tufo penetrante de paredes recién pintadas flotando en el ambiente, las plantas suavemente mecidas por los vaporizadores y las máquinas de aire acondicionado. Todos aquellos factores parecían confabularse a la perfección en un microclima que otorgaba a la estancia el mismo aire sagrado y litúrgico del interior de una tienda cara de la calle Serrano donde, por cierto, también se encontraba la clínica.

Su terapeuta se había aflojado el nudo de la corbata (ahora lo recordaba con una claridad plástica, casi más intensa que la realidad del cuarto de baño) y le había mirado de aquella forma que miraba él, inclinando la cabeza hacia atrás, marcando los tendones del cuello, como si ya desde el principio supiera como iba a acabar aquella historia y, divertido, estuviese haciendo apuestas consigo mismo para comprobar hasta qué punto estaba esta vez en lo cierto.

Acto seguido José Carlos Merchán (los primeros días era imposible no pensar el él así, con sus dos nombres y apellido, perfilándose en tu mente con las letras doradas que rotulaban a la puerta de su despacho) había abierto un cajón para sacar de ahí varias cajitas de medicamentos que fue colocando sobre la mesa con el ímpetu de unas fichas en plena partida de dominó:

- Aquí tenemos a Don Xeroprusín, un antidepresivo para trastornos obsesivos compulsivos que va a venirnos de perlas para bajar la ansiedad durante el síndrome de abstinencia. - dijo con una sonrisa ladeada que dejaba entrever un blanquísimo colmillo.

También Benzoplus, un ansiolítico potente que iría estupendamente en los momentos más difíciles y bla, bla, bla. Y para rematar, otra droga que el terapeuta denominó inhibidor de deseo, un nombre bastante simpático dadas las circunstancias, pensó Bastian entonces.

Una cajita amarilla, una verde y una roja. Hagan sus apuestas. Las cartas estaban echadas y las fichas sobre la mesa. El semáforo mágico, el semáforo de la suerte, se atrevió a bromear el especialista.

Bastian extrajo uno a uno los prospectos, aunque bien sabía que no tenía demasiadas intenciones de leerlos. ¿De verdad meterse todo aquello en el cuerpo iba a resultar menos perjudicial que un poquito de cocaína?

La robusta mesa de madera no tardó en verse invadida por un absurdo cortejo de pajaritas deformes de papel con posologías, advertencias y contraindicaciones de todo tipo. Al leer los efectos secundarios sólo podías llegar a pensar una cosa: mejor no plantearse cuáles podían ser los primarios.

- Un mes, Bastian. Dame un mes. ¡Date un mes, chaval! Concédete ese fantástico regalito. Haz todo lo que yo te diga a rajatabla y saldremos de ésta, te lo aseguro. Lo peor va a ser el primer mes. Después…

El escritor colocó las cajas sobre la mesa dando forma a una castillo detrás de cuyas murallas se parapetó antes de lanzar la siguiente mirada perspicaz:

- Vale. Un mes. Y después de ese mes ¿qué va a pasar, José Carlos? ¿De verdad van a volver a ser las cosas… como eran antes?

José Carlos sonrió desde su puesto privilegiado, sentado de lado sobre la mesa de la consulta, jugueteando con el mando a distancia del aire, buscando ganar algo de tiempo. Creía adivinar a lo que Bastian se estaba refiriendo al decir "como antes", pero su prudencia profesional modulada por su escepticismo nato le impedía ser demasiado optimista en un caso tan delicado como éste.

- Eso depende de ti, Bastian. Doy por sentado que sí, que en algún momento volverás a escribir, si es a eso a lo que te refieres.

Claro que sí. Era eso a lo que se refería. Por supuesto que era eso. Bastian llevaba semanas sin escribir ni una sola maldita página. El tiempo se le echaba encima y la tercera novela, la que venía por contrato a completar la trilogía que exigía la editorial, estaba aún en pañales. En los últimos días su mente había ido quedándose en blanco y eso era (¿cómo decirlo de una forma suave?), pues eso era una grandísima putada, la verdad.

José Carlos le mantuvo una mirada silenciosa y desafiante. Uno llega siempre a este tipo de centros con la idea de que el especialista va a hacerse cargo de todo, y entonces llega el fatídico momento que alguien te mantiene una mirada silenciosa y desafiante mientras juguetea con el mando a distancia de su FUJITSU último modelo, y justo en este punto debes comenzar a asumir que eres tú mismo quien va a tener que cargar con el trabajo pesado.

José Carlos era especialista en drogodependencias y estaba más que acostumbrado a este protocolo de desilusiones y asperezas. Llevaba años lidiando con todo tipo de situaciones, tratando incluso con pacientes con lesiones neuronales severas, personas que poco a poco se van alejando hasta quedar varadas en lo que él denominaba en el argot secreto de su pensamiento La otra orilla. Y llegado ese punto, sintiéndolo mucho, poco se podía hacer. La decisión de dejar atrás las adicciones acababa convirtiéndose en una guerra sin cuartel, un trabajo que por lo general habría de acompañarte el resto de tu vida con momentos buenos y épocas de impredecibles y fatales recaídas.

Pero el de Bastian parecía ser un caso algo singular.

Todos los casos lo eran, todos poseían una sutil y jodida diferencia, y llegar a reconocerla, a encontrar su particular caballo de Troya, a pincharla con un alfiler en el tapete de terciopelo como un insecto sin catalogar, podía atajar sustancialmente el camino de vuelta a casa (de vuelta a la vida), podía, de hecho, colocarte en clara ventaja con los demás especialistas de la capital y elevar el precio de tu consulta por encima de los cien euros la hora.

Quizá a primera vista Bastian fuese sólo lo que aparentaba ser: un cocainómano más engrosando la estadística del ministerio de Sanidad y Consumo, un cocainómano con una media de consumo de seis gramos diarios (cantidad que podía duplicarse en los fines de semana), una cantidad que Araceli Martínez, su profesora en el Instituto para el estudio de las adicciones de Lugo, hubiera calificado con el parámetro de M.H.C o, lo que es lo mismo, con la Mierda Hasta el Cuello. Completamente asfixiado. Aguantando la cabeza debajo del agua y haciendo snorkel con el turulo, ese utensilio tan práctico que consistía en un billete de cincuenta euros bien enrollado.

Pero José Carlos Merchán poseía un sexto sentido desarrollado en los años de estudios, de prácticas y de profesión, una intuición exquisita a la par que facilona, una especie de diagnóstico secreto que el terapeuta solía establecer de modo inconsciente y que poco tenía que ver con la ortodoxia médica, aunque casi nunca resultaba estar demasiado errado.

No es locura, había escrito en su cuaderno de notas. Joder… ¡es lo contrario de la locura! No sólo no está cruzando a la otra orilla, pareciese que nuestro simpático amigo se estuviese despidiendo para siempre de ella. Es como si algo le estuviera robando la poca fantasía que le queda, dejándolo en un punto indeterminado de desesperada realidad.

¿A qué le recordaba esto último? ¡Claro que sí! ¿No se llamaba igual que su paciente el protagonista de La historia interminable de Michael Ende? Menuda casualidad. El reino de Fantasía volvía a estar en peligro. La Nada avanzaba a toda marcha y nada podía detenerla, pensó el psicólogo procurando en todo momento mantener una expresión neutra.

Bastian lo escrutó sin éxito con la mirada. A lo largo de las sucesivas consultas, el escritor llegaría a la conclusión de que las elucubraciones más profundas y lapidarias del terapeuta eran proporcionales a su grado de inexpresión facial.

- ¿Y dices que después de ese mes volverán a ser las cosas como antes, José Carlos?

Claro que sí, no había por qué echar abajo las esperanzas de Bastian, más cuando el aliciente de escribir podía ser el mejor aliado para su deshabituación. Fantasía volvería a levantarse del último grano de arena, la Emperatriz Infantil tendría un nombre nuevo. Todo volvería a ser cómo antes.

- Puedes estar seguro que sí. Haré todo lo que esté en mi mano para que consigas escribir de nuevo.

Bastian, abrazado a la taza del water, había dejado fluir su imaginación intentando recordar todos los detalles de aquel primer encuentro con su terapeuta en la clínica.

¿Sería capaz en este momento de sentarse y escribir aquella escena como una narración, como el principio de una novela, de su deseada nueva novela?

¿Sería capaz ahora mismo de ir hasta el ordenador y describir la consulta de la calle Serrano, la figura de José Carlos Merchán sentado sobre la mesa, jugueteando con el mando del aire acondicionado, sus grandes entradas en la cabeza, el pelo largo y ralo que recogía en una coleta fina, la línea delgada de su boca, su nariz recta y sagitaria? ¿Podría inventar frente a la pantalla del ordenador los pensamientos de su terapeuta, su vida íntima de personaje?

Lo dudaba bastante.

Apartó de un manotazo la cortina azulada de plástico de la bañera. Le pareció escuchar el fru-fru y el ruido chirriante de las argollas, allí arriba, muy lejos.

Dios, ¿qué demonios era esa cosa negra y viscosa que sobresalía del desagüe?

Menuda peste había en aquel espacio cerrado del cuarto de baño. Así era el mono de cocaína. O no olías nada o de pronto lo olías todo a la vez. La culpa la tenía el pequeño depósito de plástico, el desinfectante anclado en uno de los lados de la taza, un concentrado de pino que dejaba bien clara al menos una cosa: los señores fabricantes de Pato WC jamás se había planteado que un pino huele bien porque huele poco.

Bastian sonrió con los labios pegados a la tapa de la taza. Menos mal que el humor acudía todavía a su rescate en los momentos más desesperados.

¿Cuántas veces, a lo largo de los últimos dos años, se había encerrado en aquel cuarto de baño, inclinándose en el inodoro VITRA para montarse su pequeña fiesta de cada media hora en forma de rayitas blancas? Su picnic particular, su escalada y fulminante ascenso al Everest nevado.

¿Cuánta cocaína había pasado por aquella tapa del inodoro? ¿Tal vez kilos? Imposible calcularlo. Puede que existiese alguna fórmula matemática tipo

coca x m cuadrado

------------------

tiempo

Una fórmula sobre la que él podría basar su particular tesis de final de carrera.

Con gran esfuerzo consiguió ponerse de pie y sentarse sobre la tapa del water. Que paren el mundo que yo me apeo aquí mismo, alcanzó a gritar dentro de su cabeza. Un ruido metálico le informó que el cilindro de la escobilla acababa de volcarse, derramando un hilo de lejía pútrida que enseguida se diversificó en forma de árbol por las juntas de las baldosas. Intentó respirar hondo, como le había enseñado José Carlos para relajarse y calmar la ansiedad.

La maldita ansiedad. La que te da la droga, la que aparece cuando dejas de drogarte.

Se puso en pie y entornó la puerta del servicio. Daba gusto sentir ese aire renovado que venía del pasillo. Le pareció oír el lejano murmullo del ventilador encendido en el dormitorio y el ruido de la tele en el salón con lo que parecía ser la melodía del avance del telediario.

Sentado en la taza pudo, por fin, observar con más detalle lo que había llamado tanto su atención en los últimos minutos: parecía… sí, era una mancha negra. Una mancha en el desagüe de la bañera, agarrada a la malla metálica del sumidero.

¿Un ratón muerto? ¿Un calcetín extraviado?

Venciendo la repulsión, volvió a arrodillarse en el suelo y, lentamente, llevó su mano hasta el lugar donde asomaba el montículo sospechoso. Así es como lo hacía todo de un tiempo a esta parte: con escrupulosa lentitud. En realidad, tenía la extraña sensación de haber chocado contra la mediana de la autopista después de haber conducido durante años a doscientos sesenta por hora. En fin, puede que éste fuese el transcurrir natural del tiempo para los que nunca han experimentado a diario el vértigo de la cocaína, se repetía a veces.

Se fijó en que una pequeña cantidad de agua permanecía estancada sobre el desagüe. Aquella cosa parecía lo suficientemente grande como para cortar el paso hacia las cañerías.

¿Qué podía ser? Si pudiese al menos enfocar la vista durante unos segundos…

Un ruido lo sobresaltó, y le hizo girar la cabeza hacia la puerta entreabierta.

- Coño, Blanche, es usted.

Su perra Bull-Dog lo miró como siempre, primero con un ojo y luego ladeando la cabezota con el otro, como hacen algunos pájaros. No sería extraño que la perra viera doble y creyese que tenía dos dueños. En cualquier caso, parecía más que evidente que nunca le habían interesado demasiado ni el uno ni el otro. Pero la hora de la comida se estaba retrasando y Blanche venía a reclamar lo que por derecho le correspondía.

Suspiró entrecortadamente, sacudiendo los cuartos traseros y recolocando los omóplatos, al tiempo que desplegaba en el aire una lengua rosada y enorme como un calcetín.

- Ahora voy, señorita Blanche. Sólo un segundo ¿quiere? Ande, váyase a ver que tal van sus cachorros. Seguro que andarán por ahí buscándola.

La perra no se movió del sitio. Con un gesto torpe separó sus cortas patas delanteras hacia los lados y se desmoronó sobre el parquet.

- Como usted quiera, Blanche.

Bastian volvió a concentrarse en la bañera. Con cautela, acercó su ralentizada mano al sumidero y pellizcó la sustancia viscosa del desagüe entre el dedo índice y el pulgar.

Tiró hacia arriba, intentando echar un pulso contra su propia náusea.

Ante sus ojos comenzó a surgir un gran mechón de pelos negros. Un mechón que parecía no tener fin.

Pero… ¿qué mierda es esto?

Asombrado, comprobó que aquella cosa debía tener al menos unos treinta centímetros de largo. Algunas puntas estaban enganchadas a la pequeña rejilla o puede que enredadas en las tuberías. Tuvo que tirar con fuerza para acabar de extraerlo. Varios cabellos se partieron con un ruido crujiente y gomoso.

Menuda asquerosidad. ¿De dónde había salido aquella cosa?

No era su pelo, de eso estaba seguro. El pelo de Bastian era corto y rizado. Nadie salvo él había utilizado aquella ducha durante las últimas semanas. Gina, su antigua novia, hacía tiempo que no se dejaba caer por la casa. Incluso entonces su aseo personal se limitaba a puntuales chapoteos en el bidet mientras jugaba a la Nintendo con la mano que le quedaba libre. Además, Gina no tenía el pelo tan largo, y era rubia.

Con cautela, el escritor agitó el colgajo que tenía entre los dedos. Varias gotitas de agua sucia se desprendieron de las puntas rizadas y rotas. Se fijó que, hacia la mitad, el mechón de pelos retenía una sustancia gris viscosa con restos de mugre y de jabón, algo así como una enorme legaña de elefante. Pero lo peor de todo era el olor, ese tufo que estaba empezando a apoderarse del cuarto de baño. Era la peste dulce de un bosque, un mal aliento disimulado con gominolas de frutas.

Bastian intentó sobreponerse al tiempo que arrojaba aquella cosa inexplicable al retrete, con la misma energía con que se hubiese deshecho de una enorme sanguijuela adherida a su mano. Pero su puntería falló. El nódulo central del amasijo fue a parar al agua, pero algunas puntas quedaron colgando por el exterior de la taza.

Venciendo de nuevo el asco, Bastian tiró del mechón al tiempo que descargaba la cisterna, con tan mala pata que algunos pelos se enredaron en el depósito del desinfectante anclado en el borde. No es necesario decir que la corriente del agua no consiguió arrastrarlo.

Parecía un molusco inteligente, un pequeño pulpo aferrándose con ahínco a donde fuese con tal de evitar que el remolino de agua lo engullera. Santo Dios ¡esa cosa parecía tener vida propia!

Está bien, chaval. Piensa. Piensa que harías tú mismo en esta situación si en estos momentos fueses tú mismo...

Bastian se puso en pie a duras penas. Las paredes oscilaron otra vez, flamearon y luego volvieron a quedarse quietas. Contó los segundos sintiendo el ruido del agua que llenaba de nuevo la cisterna, el gorgoteo grave del liquido volviéndose más agudo según el recipiente se completaba. Aquellos instantes le parecieron eternos. Segundos que parecían años. Toda la vida de un cocainómano cabría en el intervalo de tiempo que transcurre desde que comienza a llenarse una maldita cisterna hasta el momento en que está completa. De pronto, el sonido del agua se detuvo y entonces Bastian actuó sin vacilaciones. Descolgó el desinfectante y lo dejó caer al retrete al tiempo que apretaba el botón de la cisterna, esta vez rezando para que el pequeño depósito no quedase atorado en la garganta de la taza.

Un nuevo remolino cantarín engulló en pocos segundos la maraña de pelos junto con el Pato WC, que se perdió de vista después de dar dos, tres, cuatro vueltas.

Bastian suspiró, aliviado.

Tranquilízate, hombre, no hay que ponerse nervioso, se dijo mientras esquivaba a Blanche, todavía tumbada en mitad del pasillo.

Lo que viste no era más que un montón de jodida mugre agarrado a unos hilos.

Claro que sí. Eso había sido: un trozo de toalla vieja.

Había otras cosas mucho más importantes de las que preocuparse.





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