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jueves, 9 de diciembre de 2010

EL TEMITA DE LOS DESEOS

Hoy, desayunando en EL AGUILA con mi amiga Shirley (la Chirly) del BODY FACTORY, estuvimos hablando de ese viejo cuento de que el universo tarde o temprano siempre tiende a cumplir los deseos que pedimos. Pero, claro, el universo también necesita un poquito de ayuda. Cuenta una leyenda que a un sabio le estaba ardiendo la barba cuando otro sabio pasó por su lado y le dijo: ¡Oye! ¡Está ardiendo tu barba! ¿Por qué no haces nada? A lo que el damnificado contestó: ¿Cómo que no hago nada? Estoy rezando a Dios para que se apague.

Lo dicho, mi amiga la Chirly y yo estamos de acuerdo en que no basta con desear, porque el universo necesita que pongamos un poquito de nuestra parte para que se cumplan las cosas que deseamos.
Mientras Walter nos servía el café y la tostada con mermelada (para ella, mi vigorexia no me permite arrimarme a menos de dos metros de la mantequilla, una orden de alejamiento en toda regla), continuamos hablando de los deseos. Y lo que descubrí esta mañana es que hasta para desear hay que pararse a meditar un poquito. Lo que quiero decir es detenernos a formular nuestro deseo al universo de una forma honesta, o, más claro todavía: saber exactamente qué es lo que deseamos.
Pongamos un ejemplo. El típico ejemplo de esperar el amor de nuestra vida, nuestra media naranja. Bueno, suena bien ¿no? Podemos quedarnos simplemente ahí, esperando el ideal y tan contentos (más bien tan insatisfechos) el resto de nuestra vida. Pero analicemos. ¿Es este realmente nuestro deseo en lo más profundo de nosotros? ¿El del que aparezca el príncipe azul?
Personalmente, meditando un pelín sobre el tema, lo primero que descubrí fue que, en general, confundimos la necesidad de que nos quieran con nuestra necesidad de amar. ¡Toma ya! Este ya se ha puesto místico. Para nada. No hace falta darle muchas vueltas al tema para darse cuenta de que "que nos quieran" no es un sentimiento que parta de nosotros, todo lo contrario a "querer", que sí lo es. Si basamos nuestros esfuerzos en conseguir "que nos amen" siempre estaremos perdidos e insatisfechos. ¿Cuándo estaremos seguros de alguien nos ama? ¿Cuál es el punto exacto en que eso sucede? ¿Cómo lo mantendremos, cómo estaremos seguros de que eso seguirá ahí dentro de unos días, dentro de unas horas? Lo que quiero decir, para que no se me aburran, es que un sentimiento que no parte de nosotros es imposible de controlar.

Y lo peor de todo es que, si pelo otra capa de la cebolla, me doy cuenta de que por lo único que nos interesa estar seguros de que alguien nos quiera es para permitirnos amar a esa persona. Ahí quería llegar. Cuando sabemos que alguien no nos va a fallar, nos cuesta menos entregarnos y de esta forma podemos amar (nuestro objetivo final) con más tranquilidad.
O sea, analicemos. El deseo Quiero que aparezca mi media naranja acaba de trasmutarse, con un poquito de meditación en Quiero amar a alguien.
¡Queremos amar!
Y ahí es cuando llega nuestra tarea. En vez de desear cosas neuróticas como que aparezca un príncipe y nos retire del Telediario, el nuevo deseo, el de amar, es mucho más realizable, y el universo pone a nuestra disposición innumerables formas de que podamos cumplirlo. Ustedes dirán: claro, como si fuera fácil enamorarse de cualquiera, amar a cualquiera.
Y es aquí donde hay que pelar otra capa de la cebolla para seguir llegando a nuestra verdad, a lo que de verdad deseamos.
Sinceramente, no creo que a ninguno nos haga falta enamorarnos de nadie. No digo que no sea genial cuando pase, ni que no mole esa descarga de sustancias psicoactivas en el cerebro que nos atonta y nos enloquece. Lo que digo es que DAR Y RECIBIR AMOR es muchísimo más amplio que enamorarse, y esas múltiples ramificaciones y variantes están a nuestro alcance en las cosas más pequeñas de cada día.
Si en vez del príncipe, nos damos cuenta de verdad que estamos como locos por dar amor, no nos costará trabajo sentarnos en el banco con ese viejecito que nos recuerda a nuestro padre y que vemos cada tarde para darle un poco de conversación. Si estamos locos por amar, no nos costará cambiar de hábitos e intentar mirar a nuestra familia con otros ojos, saltándonos conductas mal aprendidas que al final nos provocan situaciones tristes con la familia. O descubrir el milagro de nuestras mascotas, como yo esta mañana, cuando me enrollé en el edredón con Diesel y jugamos a ser un organismo unicelular metido dentro de una concha paseando por el fondo del mar. SI deseamos amar, no nos dará tanta pereza querernos a nosotros mismos, aceptar nuestro cuerpo como es, comenzar una dieta y ejercicio que nos ayude a sentirnos bien con nosotros y el entorno o practicar fórmulas de pensamiento positivo. ¡Cuántas cosas nos perdemos! ¡Cuánta frustración por la exigencia del príncipe azul que no aparece, cuando en realidad nuestro deseo interno se podría realizar de una forma tan fácil! El maquillado y pervertido deseo de encontrar la media naranja en realidad es el deseo sencillo de las mil puertas que se nos abrirían cada día si fuésemos capaces de saltar nuestra programación egoísta y comenzar a hacer cosas por los demás. Eso sí está en nuestras manos.
Y no me refiero a hacerlas con esfuerzo. Es increíble las puertas y los caminos inesperados que se abren cuando mantenemos una mirada atenta y amorosa con nuestro entorno.

Y... ¡abracadabra! lo mejor de todo es que entonces descubrimos que por primera vez los que nos rodean nos empiezan a considerar, a querer.
Es lo que tiene el amor: que es una carretera de dos direcciones.


A mi querida Shirley, con la que comparto cariños fugaces e intermitentes que me dan fuerzas para afrontar el resto del día.



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