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domingo, 28 de noviembre de 2010

UNA PALABRA MÍA

Reconozco que soy un poco quisquilloso con los libros que me leo. Buen, siendo realista, con los libros que me leo tengo una malfollá tremenda. El sólo tacto de sus hojas, el tamaño de la letra o incluso el diseño de la portada de un libro pueden determinar drásticamente su (casi siempre) corto éxito entre mis dedos.
Y luego, claro, está lo de dentro.
Puedo decir que no paso de la tercera hoja en el sesenta por ciento de los libros que pillo, libros que, se supone, han tenido que llamar mi atención de alguna manera para que me tome el trabajo de hojearlos.
Me obsesiono cuando descubro un autor que me apasiona y devoro toda su obra, como si de repente los demás autores del universo hubiesen dejado de existir.
La primera página es fundamental. Introducirme en el mundo personal, único del escritor dejando atrás el mío propio puede llegar a ser una experiencia suave y deslizante de la que casi no soy consciente de cómo he llegado hasta aquí o, por el contrario, un empujón forzado, casi violento que me incomoda si el susodicho firmante de la tapa no sabe currarse bien el trabajito de untarme el camino de vaselina. En tales casos, la obra casi no tiene posibilidades de sobrevivir en mi regazo.
También es verdad que mi disposición varía según el día, las épocas o las edades. Muchas veces he cogido libros que el mes pasado me parecieron imposibles y que hoy, gracias a mi apertura nueva de escuchar, acojo con entusiasmo. Es como con las personas. Con el que ayer te parecía un absurdo superficial y hoy redescubres mirándole a los ojos a la hora del café. O el enemigo del verano que, con los primeros fríos, te das cuenta que no había más que sacarlo de contexto para darte cuenta que tiene ese no se qué entrañable.
Me pasó con Cien años de soledad. La primera vez que lo leí me resultó un tostón sublime (claro, que yo sólo tenía entonces trece años) y luego se convirtió en mi novela favorita. Y, al contrario, con libros como Juan Salvador Gaviota, que con el tiempo y una segunda lectura encontré insustancial lo que en la adolescencia me había resultado magia en estado puro.
Y luego están los libros que a todo el mundo le gustan y tú sigues sin poderlo entender, cono El Alquimista, y casi todos los de Saramago.

Todo esto viene porque, hace un mes, descubrí un libro maravilloso de Elvira Lindo. Yo había estado en la presentación de aquella novela, pero entonces todavía no la había leído. Menos mal, porque de lo contrario a lo mejor me hubiese puesto en evidencia con un monólogo de exaltación a la hora de las preguntas en el que hubiese engolosado a Elvira hasta el ridículo.

El libro se llama LO QUE ME QUEDA POR VIVIR. Es su última novela, y te aconsejo que no lo dejes pasar. Ahora estoy con UNA PALABRA TUYA, de la misma genial autora, y los domingos no dejo de comprarme El País para leer su artículo.


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