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lunes, 11 de octubre de 2010

Artículo mío publicado en en periódico EL MUNDO

Gángster americano, nacido en Nápoles en 1899. Murió en Miami en 1947. Puso en marcha el comercio clandestino de alcohol en Chicago durante los años de la prohibición (1919-1933)

RESULTA ANECDÓTICO QUE UNO DE los personajes más temidos e importantes de este siglo como fue Al Capone acabase derrotado por el miedo a ponerse una inyección para curarse una sífilis antigua que arrastró los últimos años de su vida. Al Capone nació en Nápoles (Italia), el 17 de enero de 1899. A los cinco años emigró con su familia a Nueva York, donde la miseria de los suburbios de esa enorme urbe tan escasa de posibilidades fue su escuela en los asuntos del hampa. Tuvieron que pasar varios años hasta que, a la muerte del temible mafioso Johnny Torrio, se proclamase jefe supremo de la Mafia en la ciudad de Chicago. Capone tenía 26 años y su ascensión resultaba imparable. Cientos de pistoleros a su servicio, incontables posesiones y 18 guardaespaldas que lo custodiaban noche y día: un equipo que le costaba más de 200.000 dólares a la semana. Fue una década de terror la de los años 20. Una de sus matanzas más célebres fue la del 14 de febrero de 1929, cuando su gente, disfrazada de policía, ametralló a sus rivales, que le disputaban el control del tráfico ilegal de licor. En realidad, todo formaba parte de un plan, pues poco después no dudó en dejarse aprehender bajo el cargo de posesión de armas para permanecer más de 12 meses en la cárcel, a salvo de la venganza del mafioso Dug Moran.

Al Capone tenía fama de ser un hombre sin escrúpulos, gordo, bromista y dado a la juerga, que poseía todo lo que pudo desear en sus años de miseria. Fue por esa vida galante por lo que nunca apareció en público junto con Mae, su mujer, a la que prefirió mantener en el anonimato.

Pero los días de Capone estaban contados. Parece ser que, sin que éste se diera cuenta, un investigador logró infiltrarse entre sus hombres. Durante varios años y con un eficiente trabajo, reunió pruebas de ingresos ilegales y defraudación fiscal. Pese a su inmenso poder, los intentos de Capone para asesinar al jefe del fisco y sobornar al jurado resultaron infructuosos. No tuvo más remedio que confesar el delito de fraude por más de 300 millones de dólares, y fue sentenciado a 11 años en la cárcel de Atlanta.

Pero aún daría mucho que hablar. Asumió su condena como él más dócil y tenaz de los presos mientras por detrás sus negocios revivían: la corrupción carcelaria le permitió ejercer su poder desde la cárcel. Ya por entonces le había sido diagnosticada una sífilis aguda que, haciendo honor a su tozudez, se negó a tratar por miedo a las inyecciones, pese al dolor cada vez más intenso.

La suerte de Capone cambió al ser trasladado a la temida prisión de Alcatraz, en San Francisco: imposible allí poseer ningún privilegio, ningún contacto con el exterior. Aquel temido gángster que años atrás controlase Chicago, pasó a ser el preso no 85 y obligado a seguir la disciplina penitenciaria. Su bajo estado de ánimo, unido al empeoramiento de su salud, lo relegaron a la enfermería de la prisión donde pasó los últimos años de su condena tumbado en un sucio catre, solitario y esquivo. Para cuando salió (1939) ya no era ni la mitad de lo que había sido. Su esposa Mae, que hasta entonces había vivido en la sombra, cargó con el peso de sus achaques, lo trasladó a su lujosa mansión de Miami y lo cuidó como una madre. El mal había dañado sus funciones mentales, apenas podía andar, no bromeaba, y la saliva se escurría sin parar por la boca. Fue Mae quien, valiéndose de mil artimañas, logró curar su enfermedad en 1942 con las temidas inyecciones de penicilina. Pero su deterioro mental era irreversible, y murió el 25 de enero del 47 en su casa de Miami.
Por Ariel Capone. Ariel Capone, escritor y descendiente de Capone





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