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lunes, 1 de marzo de 2010

La señora Dalloway

Desayuno en un bar de la Gran Vía, envuelto en el bullicio del sol y de la gente.
El momento es tan frágil, tan precioso y cristalino, que hasta procuro rozar con cuidado la cuchara en la taza de café, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiese destrozar el instante presente en mil pedazos.
No espero nada que no sea esto. Lo Que Es siempre es más intenso que las construcciones de la mente. La verdadera, la única libertad, es vivir como si lo que siento y lo que vivo en cada momento fuese lo que he elegido vivir y sentir.
Abro un libro. La Señora Dalloway. ¿Puede un ser humano reencarnarse en alguien que ya vivió? De ser así, quisiera ser Virginia Wolf en mi próxima vida.
Leo:

Las campanadas del Big Ben. ¡Ahora! Ahora sonaba solemne.

Primero un aviso, musical; luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Mientras cruzaba Victoria Street, pensó qué tontos somos. Sí, porque sólo Dios sabe por qué la amamos tanto, por que la vemos así, creándose, construyéndose alrededor de una, revolviéndose, renaciendo de nuevo en cada instante; pero las más horrendas arpías, las más miserables mujeres sentadas ante los portales (bebiendo su caída) hacen lo mismo; y tenía la absoluta certeza de que las leyes dictadas por el Parlamento de nada servían ante aquellas mujeres, debido a la misma razón: amaban la vida. En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio.



Cierro el libro. Subo la Gran Vía. Hay un guarda de seguridad fumándose un cigarro en la puerta de una tienda de ropa. Una mujer que camina a mi lado va a entrar a la tienda y la alarma de seguridad antirrobo se dispara. La mujer se detiene, sin entender. El guarda la mira, desconfiado. ¿Qué has robado?, parece pensar. ¿Qué has robado del mundo que pretendes introducir en mi tienda?