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sábado, 16 de enero de 2010

LA MENTE BLA BLA BLA

Cualquiera que haya experimentado el éxtasis de sentarse frente a una puesta de sol y sentir como, de repente, se funde con lo que le rodea, puede que también haya pensado entonces que la vida merece ser vivida sólo por momentos como ese. La bóveda del cielo, los colores preñados de púrpura, la brisa del día que se muere. Todo ello nos coloca en un estado que parece trascender el tiempo y el espacio.
Pero... ¿se podría llegar a vivir constantemente en ese estado? ¿Qué es lo que convierte a ese instante de comunión con la naturaleza en algo tan especial?
Las personas solemos vivir cada minuto del día escuchando nuestro monólogo interior. Cuando nos detenemos frente al espectáculo de la naturaleza, algunas veces, conseguimos vislumbrar lo que hay dentro de nosotros, pues la cabeza por fin calla.
Suelo ir al gimnasio por las mañanas, recién acabado de desayunar y de leer a Tolle. Es esa hora del día cuando mi cuerpo y mi cabeza todavía no están intoxicados por el parloteo de mi mente, ese monólogo que acabará poseyéndome a lo largo del día. En la sala de entrenamiento suelo coincidir con Juanjo, un amigo que posee una sabiduría de señora de pueblo que muchas veces produce auténticas perlas. La semana pasada me confesó que, cuando se metía en la cama y su cabeza comenzaba a hablarle, a no dejarle dormir, entonces se decía: Juanjo, por Dios! Chitón. No es NI EL MOMENTO NI EL LUGAR.
Me parece que esa frase ilustra muy bien lo que quiero contar. Para nuestro cansino monólogo interno, casi nunca es momento ni lugar, y por eso yo solía perderme lo que me rodeaba, por estar absolutamente poseído por dicho parloteo. El ejemplo que ilustra mejor lo que estoy diciendo es el del típico loco que habla solo por la calle, discute, se justifica, escenifica su monólogo y asume todas las emociones que éste le produce (ira, resentimiento, alegría) sin darse siquiera cuenta de que nada de eso es lo que sucede a su alrededor, pues por no ver no ve ni por donde camina. Se pierde el mundo por hacerle caso a su mente.
Todo esto lo digo por una sola cosa: aspiro a vivir sintiendo durante todo el día lo que se siente frente a una puesta de sol o flotando en el estanque que hay en Sepúlveda, al lado de mi casa de Segovia. Me pregunto: ¿el éxtasis hace en esos momentos que deje de pensar o es gracias a dejar de pensar que llega el éxtasis? No lo sé. Lo que está claro es que, para sentir las cosas de la vida que merecen la pena, hay que prescindir de la cabecita. O por lo menos de su forma compulsiva de poner etiquetas.
Es ahí donde partió hace años mi búsqueda. En la necesidad de encontrar más espacios de plenitud en la vida cotidiana. Puede que llegue el día en que me vaya a vivir al campo. Pero ¿qué pasa mientras tanto? ¿No me merezco sentir la vida en cualquier parte?

Voy a dejarte un fragmento del libro EL PODER DEL AHORA. Es del primer capítulo, cuando habla precisamente de todo esto.




El mayor obstáculo para experimentar la realidad de tu conexión es la identificación con la mente, que hace que el pensamiento se vuelva compulsivo. Ser incapaz de dejar de pensar es una enfermedad terrible, pero no nos damos cuenta de ella porque casi todo el mundo la sufre y se considera algo normal. Este ruido mental incesante te impide encontrar el reino de quietud interior que es inseparable del Ser. También crea un falso yo fabricado por la mente, que lanza una sombra de miedo y sufrimiento.
La identificación con la mente produce una pantalla opaca de conceptos, etiquetas, imágenes, palabras, juicios y definiciones que bloquean toda verdadera relación. Esa pantalla se interpone entre tú y tú mismo, entre tú y tu prójimo, entre tú y la naturaleza, entre tú y Dios; crea la ilusión de separación, la ilusión de que tú y el «otro» estáis totalmente separados. Entonces te olvidas del hecho esencial de que, debajo del nivel de las apariencias físicas y de las formas separadas, eres uno con todo lo que es.
La mente es un instrumento soberbio si se usa correctamente. Sin embargo, si se usa de forma in-apropiada, se vuelve muy destructiva. Para decirlo con más precisión, no se trata tanto de que usas la mente equivocadamente: por lo general no la usas en absoluto, sino que ella te usa a ti. Ésa es la enfermedad. Crees que tú eres tu mente. Ese es el engaño. El instrumento se ha apoderado de ti.
Es como si estuvieras poseído sin saberlo, y crees que la entidad posesora eres tú.
LA LIBERTAD COMIENZA cuando te das cuenta de que no eres la entidad posesora, el pensador. Saberlo te permite examinar la entidad. En el momento en que empiezas a observar al pensador, se activa un nivel de conciencia superior.
Entonces empiezas a darte cuenta de que hay un vasto reino de inteligencia más allá del pensamiento, y de que el pensamiento sólo es una pequeña parte de esa inteligencia. También te das cuenta de que todas las cosas verdaderamente importantes —la belleza, el amor, la creatividad, la alegría, la paz interna— surgen de más allá de la mente.
Empiezas a despertar.
LIBÉRATE DE TU MENTE
La buena nueva es que puedes liberarte de tu mente, que es la única verdadera liberación. Y puedes dar el primer paso ahora mismo.
EMPIEZA POR ESCUCHAR LA VOZ QUE HABLA DENTRO DE TU CABEZA, y hazlo tan frecuentemente como puedas. Presta una atención especial a cualquier patrón de pensamiento repetitivo, a esos viejos discos de gramófono que pueden haber estado dando vueltas en tu cabeza durante años.
Esto es lo que llamo «observar al pensador», que es otra manera de decir: escucha la voz dentro de tu cabeza, mantente allí como presencia que atestigua.
Cuando escuches la voz, hazlo imparcialmente. Es decir, no juzgues. No juzgues ni condenes lo que oyes, porque eso significaría que la misma voz ha vuelto a entrar por la puerta de atrás.
Pronto te darás cuenta de esto: la voz está allí y yo estoy aquí, observándola. Esta comprensión Yo soy, esta sensación de tu propia presencia, no es un pensamiento. Surge de más allá de la mente.
Así, cuando escuchas un pensamiento, no sólo eres consciente del pensamiento, sino también de ti mismo como testigo del pensamiento. Ha hecho su aparición una nueva dimensión de conciencia.
CUANDO ESCUCHAS EL PENSAMIENTO, sientes como si hubiera una presencia consciente —tu yo profundo— por debajo o detrás de él. De este modo el pensamiento pierde su poder sobre ti y se disuelve rápidamente, porque ya no energetizas tu mente mediante la identificación con ella. Es el principio del fin del pensamiento compulsivo e involuntario.
Cuando el pensamiento se aquieta, experimentas una discontinuidad en la corriente mental, una brecha de «no-mente». Al principio las brechas serán cortas, tal vez duren unos segundos, pero gradualmente se irán prolongando. Cuando ocurren estas discontinuidades, sientes cierta quietud y paz dentro de ti. Es el principio del estado natural de sentirte unido al Ser, generalmente nublado por la mente.
Con la práctica, la sensación de quietud y de paz se va ahondando. De hecho, esa profundidad no tiene fin. También sentirás una sutil emanación de alegría elevándose desde lo más hondo de ti: la alegría de Ser.
En este estado de conexión interna estás mucho más alerta, más despierto que en el estado de identificación mental. Estás plenamente presente. Y también se eleva la frecuencia vibratoria del campo energético que da vida al cuerpo físico.
A medida que profundizas en este reino de la no-mente, como a veces se le denomina en Oriente, vas alcanzando el estado de conciencia pura. En ese estado sientes tu propia presencia con tal intensidad y alegría que, en comparación, todo pensamiento, toda emoción, tu cuerpo físico y todo el mundo externo se vuelven relativamente insignificantes. Sin embargo, no es un estado de egoísmo, sino de desprendimiento y generosidad. Te lleva más allá de lo que pensabas que era «tu identidad». Esa presencia es esencialmente tú, y al mismo tiempo es inconcebiblemente mayor que tú.
EN LUGAR DE «OBSERVAR AL PENSADOR», también puedes crear una apertura en la corriente mental por el simple hecho de dirigir el foco de tu atención al ahora. Basta con que te hagas intensamente consciente del momento presente.
Esto es algo por demás satisfactorio. De este modo retiras la conciencia de tu actividad mental y creas una brecha sin mente en la que estás muy alerta y consciente, pero no piensas. Ésta es la esencia de la meditación.
En TU VIDA COTIDIANA puedes practicar esto tomando cualquier actividad rutinaria, que habitualmente sólo es un medio para un fin, y darle toda tu atención para que se convierta en un fin en sí misma.
Por ejemplo, cada vez que subas o bajes las escaleras en tu casa o en tu puesto de trabajo, presta mucha atención a cada escalón, a cada movimiento, incluso a tu respiración. Mantente totalmente presente.
O cuando te laves las manos, presta atención a todas las percepciones sensoriales asociadas con esa actividad: el sonido y la sensación del agua, el movimiento de tus manos, el aroma del jabón, etc.
O cuando entres en tu coche, después de cerrar la puerta, detente durante unos segundos y observa el flujo de tu respiración. Toma conciencia de una silenciosa pero intensa sensación de presencia.
Hay un criterio que te permite medir el éxito logrado en esta práctica: el grado de paz que sientas en tu interior.
El paso más vital en tu camino hacia la iluminación es éste: aprende a no identificarte con tu mente. Cada vez que creas una apertura en el flujo mental, la luz de tu conciencia se fortalece.
Puede que un día te sorprendas sonriendo a la voz que suena en tu cabeza como sonreirías a las travesuras de un niño. Esto significa que has dejado de tomarte el contenido de tu mente tan en serio, y que tu sentido de identidad ya no depende de él.
EL PODER DEL AHORA - ECKHART TOLLE




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