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miércoles, 22 de diciembre de 2010

FALETE

El otro día mi hermana de feisbuqueó un vídeo de una canción preciosa de Falete.
Qué quieres que te diga, por mucha buena voz que tenga (la canción es impresionante), por muy bien que la interprete, a mi no se me quita de la cabeza todo lo que sé del famosillo cantante, toda esa montaña de basura televisiva con novios que se autosecuestran y madres que graban vídeos porno de su hijo con otro tío.
Vamos, que por mucho que quería yo meter en la canción, por mucho que intentara yo excretar esa agüilla que la emoción a veces forma en mis ojos y que, últimamente, para que lo voy a negar, casi nunca aparece, por mucho que lo intentase, todo lo que sé de este señor pesa más que mis ganas de emocionarme, y me pregunto ¿qué coño pasa aquí?
Pues lo que pasa aquí es lo que ya sabemos todos de sobra pero que nuestro cuerpo no acaba de comprender.
Sí: hay miradas tremendamente interesantes, miradas que nos arroban y hacen tambalear nuestros cimientos de pura profundidad, pero al poco que escarbamos en la persona nos damos cuenta de que detrás de ellas no había nada, o, por lo menos, no tanto como aquella mirada parecía transparentar. La explicación al misterio es que la belleza se nos había cruzado por el medio (unos ojos tremendamente bellos enmarcados en una cara perfecta), y cuando la belleza se cruza por el medio... ¡cuesta tanto dejar de atribuir a lo que estamos viendo una base sólida, una especie de misterio implícito, una cualidad innata a dicho sujeto que, muchas veces, por no tener no tiene ni fundamento.
Con las voces pasa exactamente lo mismo. Una voz espectacular, una voz llena de sentimiento, una voz bella puede ocultar detrás de sí misma más bien poco, y dar a entender al mismo tiempo una relevancia, una exquisitez, un arco iris de profundas vivencias que, desgraciadamente me temo, como es el caso de Falete, todavía le quedan dos telediarios y un par de Documentos TV para que se produzcan.
Viendo a este señor rechoncho cantarle al amor, uno no sabe si le canta al que se autosecuestra o al que finge ser gay para salir en La Noria.
En cualquiera de los dos casos, Falete, hija, o nos enseñas otra vida (o no nos enseñas nada, que para el caso también hubiese quedado bien para mantener el misterio) o me parece que me va costar emocionarme con tu voz, si cada vez que le cantas al amor me imagino a tu madre (que es como tu hermana gemela) subida a la Noria y con tu video porno para demostrar.... ¿qué quería demostrar esta mujer?
La verdad es que ya ni me acuerdo....




martes, 14 de diciembre de 2010

Principio de la novela EL MALEFICIO DE LA DUDA


Aquí te dejo el principio de EL MALEFICIO DE LA DUDA para que puedas comenzar a leerla en tu ordenador o iphone. Puedes encontrar la novela en todas las librerías y a precio "de bolsillo".




UNO

1.

Bastian volvió a mirar hacia la bañera aguantando el aliento. Luego cabeceó hacia un lado y sus ojos perdieron el equilibrio intentando enfocar un poco más allá de donde le permitía la vista. ¿Qué podía ser aquella cosa que se asomaba por el maldito sumidero, aquella cosa negra que llamaba su atención de una forma tan poderosa, casi hipnótica?

Llevaba al menos media hora tumbado en el suelo del servicio, abrazado a la fría loza del water sin saber a ciencia cierta cómo había ido a parar allí. Sin pretender molestarse siquiera en averiguarlo. El por qué era lo de menos. Las razones de las cosas, de un tiempo a esta parte, habían pasado a importar bastante poco.

En un esfuerzo por incorporarse, Bastian dejó volar su imaginación por el pasillo de su apartamento hasta llegar a la pequeña cocina americana situada en una esquina del salón.

Su imaginación: un pequeño pajarillo, la imaginación de un pez en una bola redonda de cristal. Nadie hubiera dicho ahora que aquel ave raquítica de frágiles huesecillos había sido capaz de inspirar la escritura de dos novelas robustas de cuatrocientas y pico páginas, dos novelas de pastas gruesas que encabezaban la lista de las más vendidas del pasado año, de ésas que en los centros comerciales tienen su propio stand de cartón, su mecanismo de lamparillas centelleantes de feria, la foto gigante del autor, en fin, todo un derroche de medios.

Bastian imaginó la cocina americana de su apartamento como si hubiese sido él quien acabase de entrar allí, la columna pintada de rojo fucsia con el póster de la Mala Rodríguez en el que había garabateado un enorme corazón de rotulador, la pared junto a la nevera donde, clavado con una chincheta, estaba aquel folio en blanco (aquel maldito folio) con doce marcas hechas a lápiz y trazadas con pulso de preso. Representaban doce días. El tiempo exacto que el escritor llevaba sin probar la maldita cocaína.

Sintió que las paredes del baño se inclinaban sobre su cabeza, se cerraban en bóveda y se volvían a abrir, duplicando de pronto la superficie del techo. Desvió de nuevo su mirada hacia la bañera (¿era su imaginación o la mandíbula se deslizaba a la misma velocidad de la cabeza, como si estuviese anclada sobre muelles hidráulicos?), en concreto hacia el sumidero, el lugar donde sobresalía esa cosa negra, tan inquietante como imposible de enfocar. Las piernas le fallaron, las malditas piernas haciendo de las suyas, y aterrizó de bruces sobre la taza del water, donde permaneció inmóvil.

Bendito frío el de la loza, una de las pocas cosas que continuaba fría en el apartamento por culpa del calor sofocante de finales de agosto. Apoyó la cabeza sobre la tapa donde podía leerse VITRA en una tipografía temblorosa y danzante, y condujo los dedos hacia la parte inferior de la taza de diseño, allí donde se acumulaban restos blandos de pelusas y montañitas de polvo.

Mejor olvidarse de momento de la bañera (¿qué podía ser esa extraña cosa negra…?) y detenerse unos segundos allí, arrullado por el sonido lejano de cañerías que ascendía como una digestión pesada y metálica desde las entrañas del edificio, y más abajo, desde las atestadas alcantarillas de la ciudad. Pegó con fuerza el oído a la cerámica a modo de ventosa y dejó que los ruidos del subsuelo de Madrid penetrasen por las yemas de sus dedos, por los doloridos antebrazos, por la columna vertebral, por la médula pulposa y blanda de los huesos hasta descargarse, ya amortiguado, en la parte más visceral del estómago, en ese sitio donde últimamente parecía ir a impactar todo.

Entonces ocurrió algo extraño y salvaje, casi bello. En el intervalo de unos segundos, una paz infantil, áspera como un parásito (como la frenética lengua de un gato) conectó las entrañas de Madrid con sus propias entrañas. Bastian apretó las abdominales, contrajo los músculos, convirtiéndolo su cuerpo en un simple y escalofriante paquete de vísceras. Fue un alivio inesperado, una especie de ensoñación de la que despertó todavía más cansado, como si todo el peso de la maldita ciudad se le hubiese echado encima.

Levantó la tapa del water con gran esfuerzo.

Dios, qué asco…, pensó.

Menuda visión. Una alfombra de espuma amarillenta y compacta flotaba sobre la superficie del agua. Parecía la contaminación jabonosa de un río, aunque Bastian sabía de sobra que aquella inmundicia no provenía de los residuos de ninguna fábrica nuclear sino de sus propios riñones. La causa estaba más que clara: algo dentro de su cuerpo se negaba a funcionar como era debido sin la oportuna dosis diaria de coca.

El biorritmo de la cocaína, menuda cagada: un día malo y dos peor. Te hacía esperar el malo con optimismo, y rezar para que nunca llegasen los otros dos. El hígado se había vuelto cavernoso y duro, como de piedra pómez; el corazón se había acostumbrado a latir siempre motivado por la misma jodida cosa. Riñones, hígado, corazón; todos esos órganos con sus diminutas naricitas abriéndose, cerrándose, como pequeñas branquias pidiendo desesperadamente la droga, diciendo aquí estamos, Bastian, no te habrás olvidado de nosotros ¿verdaaad?

Lo peor va a ser el primer mes. Eso le había dicho José Carlos Merchán, su fantástico terapeuta, pocas semanas antes. Siendo sincero, en aquel momento a Bastian no le había parecido demasiado complicado todo aquel asunto de la desintoxicación. Claro que entonces estaba con el culo bien acomodado en el sofá blanco de cuero de aquella clínica para niños ricos, con un tufo penetrante de paredes recién pintadas flotando en el ambiente, las plantas suavemente mecidas por los vaporizadores y las máquinas de aire acondicionado. Todos aquellos factores parecían confabularse a la perfección en un microclima que otorgaba a la estancia el mismo aire sagrado y litúrgico del interior de una tienda cara de la calle Serrano donde, por cierto, también se encontraba la clínica.

Su terapeuta se había aflojado el nudo de la corbata (ahora lo recordaba con una claridad plástica, casi más intensa que la realidad del cuarto de baño) y le había mirado de aquella forma que miraba él, inclinando la cabeza hacia atrás, marcando los tendones del cuello, como si ya desde el principio supiera como iba a acabar aquella historia y, divertido, estuviese haciendo apuestas consigo mismo para comprobar hasta qué punto estaba esta vez en lo cierto.

Acto seguido José Carlos Merchán (los primeros días era imposible no pensar el él así, con sus dos nombres y apellido, perfilándose en tu mente con las letras doradas que rotulaban a la puerta de su despacho) había abierto un cajón para sacar de ahí varias cajitas de medicamentos que fue colocando sobre la mesa con el ímpetu de unas fichas en plena partida de dominó:

- Aquí tenemos a Don Xeroprusín, un antidepresivo para trastornos obsesivos compulsivos que va a venirnos de perlas para bajar la ansiedad durante el síndrome de abstinencia. - dijo con una sonrisa ladeada que dejaba entrever un blanquísimo colmillo.

También Benzoplus, un ansiolítico potente que iría estupendamente en los momentos más difíciles y bla, bla, bla. Y para rematar, otra droga que el terapeuta denominó inhibidor de deseo, un nombre bastante simpático dadas las circunstancias, pensó Bastian entonces.

Una cajita amarilla, una verde y una roja. Hagan sus apuestas. Las cartas estaban echadas y las fichas sobre la mesa. El semáforo mágico, el semáforo de la suerte, se atrevió a bromear el especialista.

Bastian extrajo uno a uno los prospectos, aunque bien sabía que no tenía demasiadas intenciones de leerlos. ¿De verdad meterse todo aquello en el cuerpo iba a resultar menos perjudicial que un poquito de cocaína?

La robusta mesa de madera no tardó en verse invadida por un absurdo cortejo de pajaritas deformes de papel con posologías, advertencias y contraindicaciones de todo tipo. Al leer los efectos secundarios sólo podías llegar a pensar una cosa: mejor no plantearse cuáles podían ser los primarios.

- Un mes, Bastian. Dame un mes. ¡Date un mes, chaval! Concédete ese fantástico regalito. Haz todo lo que yo te diga a rajatabla y saldremos de ésta, te lo aseguro. Lo peor va a ser el primer mes. Después…

El escritor colocó las cajas sobre la mesa dando forma a una castillo detrás de cuyas murallas se parapetó antes de lanzar la siguiente mirada perspicaz:

- Vale. Un mes. Y después de ese mes ¿qué va a pasar, José Carlos? ¿De verdad van a volver a ser las cosas… como eran antes?

José Carlos sonrió desde su puesto privilegiado, sentado de lado sobre la mesa de la consulta, jugueteando con el mando a distancia del aire, buscando ganar algo de tiempo. Creía adivinar a lo que Bastian se estaba refiriendo al decir "como antes", pero su prudencia profesional modulada por su escepticismo nato le impedía ser demasiado optimista en un caso tan delicado como éste.

- Eso depende de ti, Bastian. Doy por sentado que sí, que en algún momento volverás a escribir, si es a eso a lo que te refieres.

Claro que sí. Era eso a lo que se refería. Por supuesto que era eso. Bastian llevaba semanas sin escribir ni una sola maldita página. El tiempo se le echaba encima y la tercera novela, la que venía por contrato a completar la trilogía que exigía la editorial, estaba aún en pañales. En los últimos días su mente había ido quedándose en blanco y eso era (¿cómo decirlo de una forma suave?), pues eso era una grandísima putada, la verdad.

José Carlos le mantuvo una mirada silenciosa y desafiante. Uno llega siempre a este tipo de centros con la idea de que el especialista va a hacerse cargo de todo, y entonces llega el fatídico momento que alguien te mantiene una mirada silenciosa y desafiante mientras juguetea con el mando a distancia de su FUJITSU último modelo, y justo en este punto debes comenzar a asumir que eres tú mismo quien va a tener que cargar con el trabajo pesado.

José Carlos era especialista en drogodependencias y estaba más que acostumbrado a este protocolo de desilusiones y asperezas. Llevaba años lidiando con todo tipo de situaciones, tratando incluso con pacientes con lesiones neuronales severas, personas que poco a poco se van alejando hasta quedar varadas en lo que él denominaba en el argot secreto de su pensamiento La otra orilla. Y llegado ese punto, sintiéndolo mucho, poco se podía hacer. La decisión de dejar atrás las adicciones acababa convirtiéndose en una guerra sin cuartel, un trabajo que por lo general habría de acompañarte el resto de tu vida con momentos buenos y épocas de impredecibles y fatales recaídas.

Pero el de Bastian parecía ser un caso algo singular.

Todos los casos lo eran, todos poseían una sutil y jodida diferencia, y llegar a reconocerla, a encontrar su particular caballo de Troya, a pincharla con un alfiler en el tapete de terciopelo como un insecto sin catalogar, podía atajar sustancialmente el camino de vuelta a casa (de vuelta a la vida), podía, de hecho, colocarte en clara ventaja con los demás especialistas de la capital y elevar el precio de tu consulta por encima de los cien euros la hora.

Quizá a primera vista Bastian fuese sólo lo que aparentaba ser: un cocainómano más engrosando la estadística del ministerio de Sanidad y Consumo, un cocainómano con una media de consumo de seis gramos diarios (cantidad que podía duplicarse en los fines de semana), una cantidad que Araceli Martínez, su profesora en el Instituto para el estudio de las adicciones de Lugo, hubiera calificado con el parámetro de M.H.C o, lo que es lo mismo, con la Mierda Hasta el Cuello. Completamente asfixiado. Aguantando la cabeza debajo del agua y haciendo snorkel con el turulo, ese utensilio tan práctico que consistía en un billete de cincuenta euros bien enrollado.

Pero José Carlos Merchán poseía un sexto sentido desarrollado en los años de estudios, de prácticas y de profesión, una intuición exquisita a la par que facilona, una especie de diagnóstico secreto que el terapeuta solía establecer de modo inconsciente y que poco tenía que ver con la ortodoxia médica, aunque casi nunca resultaba estar demasiado errado.

No es locura, había escrito en su cuaderno de notas. Joder… ¡es lo contrario de la locura! No sólo no está cruzando a la otra orilla, pareciese que nuestro simpático amigo se estuviese despidiendo para siempre de ella. Es como si algo le estuviera robando la poca fantasía que le queda, dejándolo en un punto indeterminado de desesperada realidad.

¿A qué le recordaba esto último? ¡Claro que sí! ¿No se llamaba igual que su paciente el protagonista de La historia interminable de Michael Ende? Menuda casualidad. El reino de Fantasía volvía a estar en peligro. La Nada avanzaba a toda marcha y nada podía detenerla, pensó el psicólogo procurando en todo momento mantener una expresión neutra.

Bastian lo escrutó sin éxito con la mirada. A lo largo de las sucesivas consultas, el escritor llegaría a la conclusión de que las elucubraciones más profundas y lapidarias del terapeuta eran proporcionales a su grado de inexpresión facial.

- ¿Y dices que después de ese mes volverán a ser las cosas como antes, José Carlos?

Claro que sí, no había por qué echar abajo las esperanzas de Bastian, más cuando el aliciente de escribir podía ser el mejor aliado para su deshabituación. Fantasía volvería a levantarse del último grano de arena, la Emperatriz Infantil tendría un nombre nuevo. Todo volvería a ser cómo antes.

- Puedes estar seguro que sí. Haré todo lo que esté en mi mano para que consigas escribir de nuevo.

Bastian, abrazado a la taza del water, había dejado fluir su imaginación intentando recordar todos los detalles de aquel primer encuentro con su terapeuta en la clínica.

¿Sería capaz en este momento de sentarse y escribir aquella escena como una narración, como el principio de una novela, de su deseada nueva novela?

¿Sería capaz ahora mismo de ir hasta el ordenador y describir la consulta de la calle Serrano, la figura de José Carlos Merchán sentado sobre la mesa, jugueteando con el mando del aire acondicionado, sus grandes entradas en la cabeza, el pelo largo y ralo que recogía en una coleta fina, la línea delgada de su boca, su nariz recta y sagitaria? ¿Podría inventar frente a la pantalla del ordenador los pensamientos de su terapeuta, su vida íntima de personaje?

Lo dudaba bastante.

Apartó de un manotazo la cortina azulada de plástico de la bañera. Le pareció escuchar el fru-fru y el ruido chirriante de las argollas, allí arriba, muy lejos.

Dios, ¿qué demonios era esa cosa negra y viscosa que sobresalía del desagüe?

Menuda peste había en aquel espacio cerrado del cuarto de baño. Así era el mono de cocaína. O no olías nada o de pronto lo olías todo a la vez. La culpa la tenía el pequeño depósito de plástico, el desinfectante anclado en uno de los lados de la taza, un concentrado de pino que dejaba bien clara al menos una cosa: los señores fabricantes de Pato WC jamás se había planteado que un pino huele bien porque huele poco.

Bastian sonrió con los labios pegados a la tapa de la taza. Menos mal que el humor acudía todavía a su rescate en los momentos más desesperados.

¿Cuántas veces, a lo largo de los últimos dos años, se había encerrado en aquel cuarto de baño, inclinándose en el inodoro VITRA para montarse su pequeña fiesta de cada media hora en forma de rayitas blancas? Su picnic particular, su escalada y fulminante ascenso al Everest nevado.

¿Cuánta cocaína había pasado por aquella tapa del inodoro? ¿Tal vez kilos? Imposible calcularlo. Puede que existiese alguna fórmula matemática tipo

coca x m cuadrado

------------------

tiempo

Una fórmula sobre la que él podría basar su particular tesis de final de carrera.

Con gran esfuerzo consiguió ponerse de pie y sentarse sobre la tapa del water. Que paren el mundo que yo me apeo aquí mismo, alcanzó a gritar dentro de su cabeza. Un ruido metálico le informó que el cilindro de la escobilla acababa de volcarse, derramando un hilo de lejía pútrida que enseguida se diversificó en forma de árbol por las juntas de las baldosas. Intentó respirar hondo, como le había enseñado José Carlos para relajarse y calmar la ansiedad.

La maldita ansiedad. La que te da la droga, la que aparece cuando dejas de drogarte.

Se puso en pie y entornó la puerta del servicio. Daba gusto sentir ese aire renovado que venía del pasillo. Le pareció oír el lejano murmullo del ventilador encendido en el dormitorio y el ruido de la tele en el salón con lo que parecía ser la melodía del avance del telediario.

Sentado en la taza pudo, por fin, observar con más detalle lo que había llamado tanto su atención en los últimos minutos: parecía… sí, era una mancha negra. Una mancha en el desagüe de la bañera, agarrada a la malla metálica del sumidero.

¿Un ratón muerto? ¿Un calcetín extraviado?

Venciendo la repulsión, volvió a arrodillarse en el suelo y, lentamente, llevó su mano hasta el lugar donde asomaba el montículo sospechoso. Así es como lo hacía todo de un tiempo a esta parte: con escrupulosa lentitud. En realidad, tenía la extraña sensación de haber chocado contra la mediana de la autopista después de haber conducido durante años a doscientos sesenta por hora. En fin, puede que éste fuese el transcurrir natural del tiempo para los que nunca han experimentado a diario el vértigo de la cocaína, se repetía a veces.

Se fijó en que una pequeña cantidad de agua permanecía estancada sobre el desagüe. Aquella cosa parecía lo suficientemente grande como para cortar el paso hacia las cañerías.

¿Qué podía ser? Si pudiese al menos enfocar la vista durante unos segundos…

Un ruido lo sobresaltó, y le hizo girar la cabeza hacia la puerta entreabierta.

- Coño, Blanche, es usted.

Su perra Bull-Dog lo miró como siempre, primero con un ojo y luego ladeando la cabezota con el otro, como hacen algunos pájaros. No sería extraño que la perra viera doble y creyese que tenía dos dueños. En cualquier caso, parecía más que evidente que nunca le habían interesado demasiado ni el uno ni el otro. Pero la hora de la comida se estaba retrasando y Blanche venía a reclamar lo que por derecho le correspondía.

Suspiró entrecortadamente, sacudiendo los cuartos traseros y recolocando los omóplatos, al tiempo que desplegaba en el aire una lengua rosada y enorme como un calcetín.

- Ahora voy, señorita Blanche. Sólo un segundo ¿quiere? Ande, váyase a ver que tal van sus cachorros. Seguro que andarán por ahí buscándola.

La perra no se movió del sitio. Con un gesto torpe separó sus cortas patas delanteras hacia los lados y se desmoronó sobre el parquet.

- Como usted quiera, Blanche.

Bastian volvió a concentrarse en la bañera. Con cautela, acercó su ralentizada mano al sumidero y pellizcó la sustancia viscosa del desagüe entre el dedo índice y el pulgar.

Tiró hacia arriba, intentando echar un pulso contra su propia náusea.

Ante sus ojos comenzó a surgir un gran mechón de pelos negros. Un mechón que parecía no tener fin.

Pero… ¿qué mierda es esto?

Asombrado, comprobó que aquella cosa debía tener al menos unos treinta centímetros de largo. Algunas puntas estaban enganchadas a la pequeña rejilla o puede que enredadas en las tuberías. Tuvo que tirar con fuerza para acabar de extraerlo. Varios cabellos se partieron con un ruido crujiente y gomoso.

Menuda asquerosidad. ¿De dónde había salido aquella cosa?

No era su pelo, de eso estaba seguro. El pelo de Bastian era corto y rizado. Nadie salvo él había utilizado aquella ducha durante las últimas semanas. Gina, su antigua novia, hacía tiempo que no se dejaba caer por la casa. Incluso entonces su aseo personal se limitaba a puntuales chapoteos en el bidet mientras jugaba a la Nintendo con la mano que le quedaba libre. Además, Gina no tenía el pelo tan largo, y era rubia.

Con cautela, el escritor agitó el colgajo que tenía entre los dedos. Varias gotitas de agua sucia se desprendieron de las puntas rizadas y rotas. Se fijó que, hacia la mitad, el mechón de pelos retenía una sustancia gris viscosa con restos de mugre y de jabón, algo así como una enorme legaña de elefante. Pero lo peor de todo era el olor, ese tufo que estaba empezando a apoderarse del cuarto de baño. Era la peste dulce de un bosque, un mal aliento disimulado con gominolas de frutas.

Bastian intentó sobreponerse al tiempo que arrojaba aquella cosa inexplicable al retrete, con la misma energía con que se hubiese deshecho de una enorme sanguijuela adherida a su mano. Pero su puntería falló. El nódulo central del amasijo fue a parar al agua, pero algunas puntas quedaron colgando por el exterior de la taza.

Venciendo de nuevo el asco, Bastian tiró del mechón al tiempo que descargaba la cisterna, con tan mala pata que algunos pelos se enredaron en el depósito del desinfectante anclado en el borde. No es necesario decir que la corriente del agua no consiguió arrastrarlo.

Parecía un molusco inteligente, un pequeño pulpo aferrándose con ahínco a donde fuese con tal de evitar que el remolino de agua lo engullera. Santo Dios ¡esa cosa parecía tener vida propia!

Está bien, chaval. Piensa. Piensa que harías tú mismo en esta situación si en estos momentos fueses tú mismo...

Bastian se puso en pie a duras penas. Las paredes oscilaron otra vez, flamearon y luego volvieron a quedarse quietas. Contó los segundos sintiendo el ruido del agua que llenaba de nuevo la cisterna, el gorgoteo grave del liquido volviéndose más agudo según el recipiente se completaba. Aquellos instantes le parecieron eternos. Segundos que parecían años. Toda la vida de un cocainómano cabría en el intervalo de tiempo que transcurre desde que comienza a llenarse una maldita cisterna hasta el momento en que está completa. De pronto, el sonido del agua se detuvo y entonces Bastian actuó sin vacilaciones. Descolgó el desinfectante y lo dejó caer al retrete al tiempo que apretaba el botón de la cisterna, esta vez rezando para que el pequeño depósito no quedase atorado en la garganta de la taza.

Un nuevo remolino cantarín engulló en pocos segundos la maraña de pelos junto con el Pato WC, que se perdió de vista después de dar dos, tres, cuatro vueltas.

Bastian suspiró, aliviado.

Tranquilízate, hombre, no hay que ponerse nervioso, se dijo mientras esquivaba a Blanche, todavía tumbada en mitad del pasillo.

Lo que viste no era más que un montón de jodida mugre agarrado a unos hilos.

Claro que sí. Eso había sido: un trozo de toalla vieja.

Había otras cosas mucho más importantes de las que preocuparse.





domingo, 12 de diciembre de 2010

LA FOTO DE MARÍA


María es colombiana y trabaja en un restaurante de Chueca. Dice que se ha leído en su vida muy pocos libros, por eso me hace mucha ilusión cuando me cuenta hasta qué punto se le ha enganchado EL MALEFICIO DE LA DUDA.
De todas las cosas chulas que me dicen en estos meses, María me ha dicho hoy la más bonita de todas. Resulta que María se baja siempre en el Metro de Chueca para acudir al trabajo y, ayer, cuando iba pal tajo, se pasó tres estaciones por culpa de estar enfrascada en la lectura.
María es muy original: ella no se conforma con pasarse tres pueblos, además se pasa tres estaciones por acompañar a Bastian en su road movie hacia cierta laguna de Segovia en cuyas profundidades se esconde un gelatinoso y escalofriante secreto. Joder, qué bien me vendo ¿verdad? Si el que lee esto no corre a la librería más cercana a pillar EL MALEFICIO DE LA DUDA que comience a preocuparse: quizá esté más muerto que muchos de los zombies que aparecen en mis relatos favoritos.
Como puede apreciarse, además, el libro de María está seriamente deteriorado. La portada está rota, arrancada en la parte inferior. La historia del por qué resulta, por decirlo de alguna manera, inquietante. Resulta que María se despertó el otro día después de pasarse toda la tarde en una discoteca de Torrejón a la que acuden cientos de colombianos a bailar salsa. Según me cuenta, el antro se llama MI BELLA y tiene mesitas para sentarse, hay que joderse, dice María, que aquí las discotecas vuestras de los españoles tienes que tomarte las copas de pie y en la barra, y yo me digo a mí mismo, joder, pues tiene razón la tía, si en el OHM hubiese mesitas a lo mejor hasta me animaba a ir más, porque yo soy de los que enseguida apalancan el culo donde puede y se queda quieto y saludando a los que pasan en vez de ir como un gilipollas de arriba abajo por toda la sala.
En fin, que María se despierta y de pronto ve que el libro está literalmente destrozado. Y ella, que es supersticiosa, piensa que los espíritus que habitan en el interior de una novela tan terrorífica, pues eso, que han salido pafuera.

Que no, joder. Que os lo habéis creídooo...
Que las pastas del libro las destrozó la "chandosa" de su perrita, que se llama NIÑA y que tiene menos de un año, es decir, que está en plena edad del pavo del los perros.
A mi me encanta verla leer así, con su libraco destrozado, sin vergüenza por el Metro. Este es un libro vivo, un libro con una historia, un libro que habita en una casa donde la gente se va de fiesta a bailar merengue y cuando vuelve la perra se ha cagado y se ha comido el libro preferido de su dueña. Los perros tienen un sexto sentido para eso, para romperte lo que más te puede joder. Y es que debe ser que, sin saberlo, vamos dejando nuestras feromonas por aquí y por allá, impregnando las cosas con las yemas de los dedos, marcando territorio, clasificando lo que nos gusta y lo que aborrecemos.

Gracias María, por haber elegido EL MALEFICIO DE LA DUDA.

Y buena elección, NIÑA perrita, tú si que sabes!
Por mi parte puedes acabar de devorarte el libro.





jueves, 9 de diciembre de 2010

EL TEMITA DE LOS DESEOS

Hoy, desayunando en EL AGUILA con mi amiga Shirley (la Chirly) del BODY FACTORY, estuvimos hablando de ese viejo cuento de que el universo tarde o temprano siempre tiende a cumplir los deseos que pedimos. Pero, claro, el universo también necesita un poquito de ayuda. Cuenta una leyenda que a un sabio le estaba ardiendo la barba cuando otro sabio pasó por su lado y le dijo: ¡Oye! ¡Está ardiendo tu barba! ¿Por qué no haces nada? A lo que el damnificado contestó: ¿Cómo que no hago nada? Estoy rezando a Dios para que se apague.

Lo dicho, mi amiga la Chirly y yo estamos de acuerdo en que no basta con desear, porque el universo necesita que pongamos un poquito de nuestra parte para que se cumplan las cosas que deseamos.
Mientras Walter nos servía el café y la tostada con mermelada (para ella, mi vigorexia no me permite arrimarme a menos de dos metros de la mantequilla, una orden de alejamiento en toda regla), continuamos hablando de los deseos. Y lo que descubrí esta mañana es que hasta para desear hay que pararse a meditar un poquito. Lo que quiero decir es detenernos a formular nuestro deseo al universo de una forma honesta, o, más claro todavía: saber exactamente qué es lo que deseamos.
Pongamos un ejemplo. El típico ejemplo de esperar el amor de nuestra vida, nuestra media naranja. Bueno, suena bien ¿no? Podemos quedarnos simplemente ahí, esperando el ideal y tan contentos (más bien tan insatisfechos) el resto de nuestra vida. Pero analicemos. ¿Es este realmente nuestro deseo en lo más profundo de nosotros? ¿El del que aparezca el príncipe azul?
Personalmente, meditando un pelín sobre el tema, lo primero que descubrí fue que, en general, confundimos la necesidad de que nos quieran con nuestra necesidad de amar. ¡Toma ya! Este ya se ha puesto místico. Para nada. No hace falta darle muchas vueltas al tema para darse cuenta de que "que nos quieran" no es un sentimiento que parta de nosotros, todo lo contrario a "querer", que sí lo es. Si basamos nuestros esfuerzos en conseguir "que nos amen" siempre estaremos perdidos e insatisfechos. ¿Cuándo estaremos seguros de alguien nos ama? ¿Cuál es el punto exacto en que eso sucede? ¿Cómo lo mantendremos, cómo estaremos seguros de que eso seguirá ahí dentro de unos días, dentro de unas horas? Lo que quiero decir, para que no se me aburran, es que un sentimiento que no parte de nosotros es imposible de controlar.

Y lo peor de todo es que, si pelo otra capa de la cebolla, me doy cuenta de que por lo único que nos interesa estar seguros de que alguien nos quiera es para permitirnos amar a esa persona. Ahí quería llegar. Cuando sabemos que alguien no nos va a fallar, nos cuesta menos entregarnos y de esta forma podemos amar (nuestro objetivo final) con más tranquilidad.
O sea, analicemos. El deseo Quiero que aparezca mi media naranja acaba de trasmutarse, con un poquito de meditación en Quiero amar a alguien.
¡Queremos amar!
Y ahí es cuando llega nuestra tarea. En vez de desear cosas neuróticas como que aparezca un príncipe y nos retire del Telediario, el nuevo deseo, el de amar, es mucho más realizable, y el universo pone a nuestra disposición innumerables formas de que podamos cumplirlo. Ustedes dirán: claro, como si fuera fácil enamorarse de cualquiera, amar a cualquiera.
Y es aquí donde hay que pelar otra capa de la cebolla para seguir llegando a nuestra verdad, a lo que de verdad deseamos.
Sinceramente, no creo que a ninguno nos haga falta enamorarnos de nadie. No digo que no sea genial cuando pase, ni que no mole esa descarga de sustancias psicoactivas en el cerebro que nos atonta y nos enloquece. Lo que digo es que DAR Y RECIBIR AMOR es muchísimo más amplio que enamorarse, y esas múltiples ramificaciones y variantes están a nuestro alcance en las cosas más pequeñas de cada día.
Si en vez del príncipe, nos damos cuenta de verdad que estamos como locos por dar amor, no nos costará trabajo sentarnos en el banco con ese viejecito que nos recuerda a nuestro padre y que vemos cada tarde para darle un poco de conversación. Si estamos locos por amar, no nos costará cambiar de hábitos e intentar mirar a nuestra familia con otros ojos, saltándonos conductas mal aprendidas que al final nos provocan situaciones tristes con la familia. O descubrir el milagro de nuestras mascotas, como yo esta mañana, cuando me enrollé en el edredón con Diesel y jugamos a ser un organismo unicelular metido dentro de una concha paseando por el fondo del mar. SI deseamos amar, no nos dará tanta pereza querernos a nosotros mismos, aceptar nuestro cuerpo como es, comenzar una dieta y ejercicio que nos ayude a sentirnos bien con nosotros y el entorno o practicar fórmulas de pensamiento positivo. ¡Cuántas cosas nos perdemos! ¡Cuánta frustración por la exigencia del príncipe azul que no aparece, cuando en realidad nuestro deseo interno se podría realizar de una forma tan fácil! El maquillado y pervertido deseo de encontrar la media naranja en realidad es el deseo sencillo de las mil puertas que se nos abrirían cada día si fuésemos capaces de saltar nuestra programación egoísta y comenzar a hacer cosas por los demás. Eso sí está en nuestras manos.
Y no me refiero a hacerlas con esfuerzo. Es increíble las puertas y los caminos inesperados que se abren cuando mantenemos una mirada atenta y amorosa con nuestro entorno.

Y... ¡abracadabra! lo mejor de todo es que entonces descubrimos que por primera vez los que nos rodean nos empiezan a considerar, a querer.
Es lo que tiene el amor: que es una carretera de dos direcciones.


A mi querida Shirley, con la que comparto cariños fugaces e intermitentes que me dan fuerzas para afrontar el resto del día.



martes, 7 de diciembre de 2010

NAVIDAD DRAG QUEEN

No hay nada más Drag Queen que la Navidad.
Por una parte contemplo con horror creciente como engalanan Madrid con las luces viejas de otros años (especialmente horribles las de la Gran Vía) y es como si contemplase a una puta vieja con tropezón de carmín en el labio y cuatro manos y media de colorete.
Madrid es hoy Qué fué de Baby Jane invadida por una horda de zombies que, por no poder, no pueden este año ni siquiera gastar un duro, y se contemplan reflejados allí y acá por las calles con la boca abierta, parque temático decadente, pasillo del laberinto de los espejos.

Existe una clara tendencia generalizada a lo Drag que invade a tres tercios de la población (incluidos los heterosexuales) que jamás se atreverían a calzarse tales de pelucones además de esos indescriptibles sombreros de cuernos de reno que, para mi horror, me recuerdan a aquella foto de Fraga de hace tres domingos en la que salía exhibiendo seis cabezas de venado recién cortadas dispuestas en una acera embadurnada de sangre. No hace falta decir que el día que vi esa foto vomité el desayuno como la reina de Inglaterra en The Queen, pero en mi caso en el bar EL AGUILA que hay en la plaza de la luna y en el que tomo el café cada mañana con Soraya, una puta de Desengaño que es de Tánger y que dice que la cosa está fatal, que en los puentes y las fiestas se trabaja menos porque los clientes no se atreven a salir y, claro, al final pagan el pato ellas, las pobres putas.
¿Y los pelucones de la Plaza Mayor? Por el olor a naftalina que algunas noches asciendo por Ballesta como una brisa desasosegante que hace que los Yonkis pierdan el rumbo, sospecho que, en realidad, por culpa de la crisis, la gente está guardando esas pelucas brillantes y electrizadas de una Navidad para otra, para utilizarlas para el siguiente año.

Aguanta, mi pobre Madrid. Mi Gran Vía centenaria, mi Gran Vía de Ignacio Merino, ayer vestida de gala y hoy desvestida a la fuerza, como una puta resignada.

Una última cosa. Las colas en el Doña Manolita. Ni siquiera voy a hacer un comentario sobre eso. Lo nombro, y ahí queda eso.

FELIZ NAVI-DRAG!

domingo, 5 de diciembre de 2010

ENTREVISTA EN LA REVISTA OH MY GOD! DE DICIEMBRE


Te dejo la entrevista de la revista OH MY GOD! que ha salido esta semana sobre mi novela nueva EL MELEFICIO DE LA DUDA


-¿Qué podrías contarnos acerca de tu nueva novela?

EL MALEFICIO DE LA DUDA es una novela oscura escrita en un momento bastante oscuro de mi vida. Es mi tercer libro, y en él quise abordar de lleno el género de la ciencia ficción, que es mi género literario favorito. Trata básicamente de un escritor en sequía creativa que se ve obligado a pasar una cura de desintoxicación por culpa de la cocaína. De pronto comienzan a pasar a su alrededor una serie de sucesos desconcertantes. Bastian, que así se llama el prota, viajará a una laguna perdida en la provincia de Segovia donde pasó los veranos de su infancia y donde subyace un oscuro y terrorífico secreto.

-¿No crees que el género de terror es un poco arriesgado en el panorama editorial?

Para nada. El terror está de moda. No hay más que poner un telediario para darse cuenta de eso (risa). Pero no era mi intención hacer una novela de terror con personajes ñoños rollo CREPÚSCULO. Los protagonistas de mi relato tienen una estructura más densa, más literaria. Doy bastante más valor a los personajes que a la situación en la que se ven envueltos. Al fin y al cabo la literatura es una excusa para hablar de personajes. Estoy convencido de que este libro va a tener buena acogida. El precio no va a ser un problema porque mi editor tuvo la idea de lanzarlo con un precio “de bolsillo”, así que nadie va a tener excusa para no comprarlo a pesar de como están las cosas.

-¿Qué referencias se pueden encontrar?

Al principio hay algo de terror del cine japonés, con el que estaba fascinado en el momento en que escribí aquello. El resto de la novela podría ser tomada como una especie de relato al más puro estilo Stephen King, aunque con personajes que se mueven entre Chueca y Malasaña. Me salió una novela bastante extensa, la verdad es que es un buen ladrillo, y entre medias existen partes por las que el genial escritor Eduardo Mendicutti clasificó la novela como un “cuento gótico”. Son capítulos que se escapan al realismo sucio del resto de la novela.

-¿Tiene algo que ver con lo gay?

En mis novelas los personajes gays (siempre los hay) se entremezclan con los heterosexuales con normalidad, es decir, nunca he pretendido retratar expresamente la forma de vivir de los gays ni mucho menos hacer literatura homosexual. Mis personajes gay aparecen con naturalidad, como de hecho sucede en barrio de Chueca y en gran parte de Madrid, y ojalá muy pronto en todas partes de España.

-¿Tiene algo de autobiográfico?

Por supuesto. Siempre hablo de mi cuando escribo. Bueno, para ser sinceros, Bastian, el protagonista, que también es escritor, vende muchísimas más novelas que yo. Debe ser una especie de proyección acerca de mis deseos, supongo. (risas) Y la adicción a la cocaína tampoco tiene que ver conmigo. De todas las drogas, la coca me parece con diferencia la droga más estúpida, vacía y peligrosa.

-¿Cómo ves la acogida que está teniendo, o ha tenido de quien la ha leído?

La gente que la ha leído me escribe por mail o por el FACEBOOK diciéndome cosas increíbles. De verdad, siempre te sorprende cuando tienes tan buena acogida en reseñas y blogs. Pero si tengo que serte sincero el premio gordo me lo llevé con Alaska. Cuando le mandé la novela para que se la leyera no esperaba siquiera que me contestase. Soy fan de Alaska desde niño y mi mayor sueño era que un día presentase conmigo una de mis novelas. A los pocos días, recibí su contestación. Me dijo que no había podido soltarla desde que la cogió, que no había dormido en toda la noche hasta terminarla al día siguiente. Y que se ofrecía a presentar la novela en el hotel OSCAR conmigo, así como escribir una frase que va en la portada del libro. Guardo ese mail impreso y enmarcado como si fuese un Van Gogh, aquello fue el pistoletazo de salida para este montón de cosas maravillosas que están sucediendo.

-¿Tienes pensado seguir escribiendo más novelas de terror?

Mi siguiente novela ya casi está terminada y sí, tiene mucho que ver con este género. Pero es normal, porque es el final de una trilogía que me plantee hace unos años. Aunque no guardan relación entre ellas, todas tocan temas comunes: los problemas a la hora de interpretar nuestro personaje social; desarreglos de alimentación que enmascaran todo tipo de retorcidas carencias; gelatinosos y renqueantes secretos que se ocultan bajo el agua de nuestra memoria; el peligroso y cortante filo donde se juntan la realidad y la fantasía…

-¿A qué público puede ir dirigido?

El público gay siempre ha sido mi lanzadera, claro que sí. Pero siempre he escrito para todos los públicos y creo que la gente joven se divertirá muchísimo con la novela. También pretendo llegar al público adulto porque EL MALEFICIO DE LA DUDA ha sido concebido como un relato serio y honesto. He intentado romper el tópico que dice que un relato de terror tiende a ser insustancial. Eso sí, te confieso que soy un escritor comercial. No pretendo escribir para una minoría, ni ser un artista alternativo. Me encantan las cosas comerciales y me encanta que lo que hago llegue al mayor número de gente posible.

viernes, 3 de diciembre de 2010

LA RED ANTISOCIAL

Propongo crear una red antisocial. Vendría a ser todo lo contrario que el Facebook. O sea, una red de enemigos y desencuentros. En este experimento estarían todos los que ni muertos agregaríamos al Facebook, o los que borramos sin contemplaciones, como le pasa a mi amiga Ruth Toledano, que lleva una semana queriendo celebrar su meta de tener mil amigos y resulta que en los tres últimos días primero la borró uno, luego otro, y se pasa el tiempo oscilando entre los 997, 998, 996, desesperada la pobre y con los confetis ya casi caducados.
La relación con nuestros enemigos no deja de ser una relación estrecha y notoria, omnipresente, muchas veces infravalorada, y muchas veces bastante más interesante que la otra, la que tenemos con muchos de nuestros amiguetes cercanos.
Sería curioso, por ejemplo, inspeccionar a diario si nuestro número de enemigos supera al de amigos o viceversa. Nos daría qué pensar: fíjate tú. Sería estupendo ver frases del tipo MIGUEL y CARLOS AHORA SON ENEMIGOS, o llamar al muro "el muro de las lamentaciones" y tener la bandeja de entrada llena de insultos servidos en bandeja, o que nos etiquetaran en esas fotos en las que salimos hechos un cuadro de comedor.

La Red Antisocial podría tener además otra variante que no fuese únicamente la del insulto y el menosprecio hacia la prójima. Una Red Antisocial de los que, de una manera lúcida y subversiva, se oponen a cierta parte de nuestro entramado social y, cada uno a su manera, luchan para que eso cambie.
Como mi amigo Pan, pancartero de nacimiento y sindicalista extremo, que no se pierde una sola manifa antisistema y tiene claro que lo de las torres gemelas de Nueva York fue una detonación controlada por el gobierno estadounidense con el único propósito de tener una excusa para invadir Irak (ver documental ZEIGEIST). O mi querido amigo Eduardo, que fundó una ONG el año pasado y recorre los parques del extrarradio de Madrid repartiendo condones a los chavales que realmente están jodidos, hablando con ellos, poniendo a su disposición un grupo de terapeutas, psicólogos, entrenadores personales, profesores.
Son chavales a los que no llega la ayuda de nadie, gente perdida, gente enganchada, personas sin trabajo que sólo necesitan la cercanía y la comprensión que muchas ONG subidas a la parra no saben ofrecer.
Aunque claro, ahora que lo pienso esta no sería una Red Antisocial sino más bien todo lo contrario.
Que aprendan los del feisbú.


martes, 30 de noviembre de 2010

MAÑANA ESQUIZOIDE

Me levanto y el microondas ya me tiene preparado el desayuno.
Buen chico.
Me monto corriendo en el METRO rumbo al Banesto de ESTRECHO y observo de reojo que el cartel lumínico me informa de que el próximo tren pasará en un minuto. Como últimamente no me creo nada, me pongo a cronometrar. Tic tac tic tac. En mi reloj ya ha pasado un minuto y medio y el cartel lumínico sigue asegurando que el próximo tren pasará en un minuto. Una de dos: o aquí abajo el tiempo pasa más despacio (rollo agujero negro) o los del METRO nos engañan para que no se nos haga tan larga la espera. Yo, sinceramente, preferiría saber la verdad, aunque la la verdad fuese dolorosa.
En el pantallón que tengo delante están echando las noticias. Un grupo de expertos acaban de descubrir que el origen del universo puede que no haya sido el que conocemos, es decir, que antes del Big Ben existieron otros universos que se extinguieron (supongo que eso incluye planetas, animales, civilizaciones) y que, por lo tanto, dentro de equis tiempo este universo también dejará de existir.
Pienso: ¿Cómo te quedas?
Ya dentro del vagón, me siento en el suelo porque no queda ningún asiento vacío. Me gusta ver el mundo desde abajo, me recuerda a cuando era niño. Ese universo de pantalones y faldas, bajos de mesas, armarios, cuando todavía tenías la impresión de que el mundo estaba hecho para ti, de que encajabas de que cabías en todas partes.
La señora que tengo delante lleva un abrigo de tigre falso hasta el suelo. Siempre que veo uno de estos estampados falsos no puedo contener mi neurosis y me pongo a buscar las manchitas de tigre que son iguales, es decir, el punto donde la secuencia de manchas comienza a repetirse aunque así, a vistazo general, parezca que no hay parche alguno.
Saco de mi mochila un Kinder Bueno. Me lo como con cierta culpabilidad. Coño, ¡pero si no pesa nada! Miro el paquete. Veinte gramos. ¿Veinte gramos? Me pregunto si algo puede engordar más de lo que pesa. De no ser así, no sé para que coño me preocupo. Lo más que podría engordar son únicamente (y eso suponiendo que mi cuerpo transformase cada molécula del Kinder en grasa) veinte gramos de mierda. Así que empiezo a comérmelo con más alegría.
Miro mi correo en el móvil.
Felix Sabroso, uno de mis directores de cine favoritos, me escribe diciendo que ha recibido mi novela nueva. Sin dar crédito a lo que leo, observo como Felix me cuenta que encuentra paralelismos entre su obra y la mía, es decir, que casualmente parece que hemos estado tocando temas similares. Volver a Ser Imelda conecta de alguna forma con La Isla Interior y El Maleficio de la Duda con la que será su próxima película titulada MIEDO.

Me embarga el entusiasmo y la emoción. Y por un momento siento que, efectivamente, aquí abajo, el tiempo ha comenzado a pasar más lento, o, mejor dicho, casi se acaba de detener.

GRACIAS FELIX

lunes, 29 de noviembre de 2010

MI SECRETO PARA UNA PIEL PERFECTA


Algunos me preguntan cual es mi secreto para tener esta piel tan tersa y radiante y hoy lo voy a contar aquí, qué coño.
Señores, les confieso que desde hace doce años,practico sexo dos veces al día, todos los días.
Permítanme que se lo explique.
Resulta que Ofelia, mi perrita de doce años, tiene una fetiche tremendo y una obsesión constante con mis zapatillas. Y a eso hay que sumarle su evidente morbo con los ascensores. Bueno, ya sé que a estas alturas se estarán preguntando de qué leches estoy hablando. No se preocupen. Continúo.
Ofelia baja a la calle dos veces al día. Al subir de vuelta al asce
nsor rumbo al sexto piso (siempre a la subida, jamás a la bajada), con las hormonas revolucionadas por los olores cacunos de la calle Estrella y la plaza de la Luna, mi perrita se aferra como una lapa a mi tobillo y comienza a refrotarse contra mi zapatilla como una loca.
Sí, sí. Ya se habrán dado cuenta de algo, cuanto menos, curioso. Por alguna razón que no quiero plantearme ella resulta ser el macho activo en este fortuito encuentro sexual y yo la hembra pasiva.
Ofelia es algo bulímica, le huele mal el aliento y se
hace la ciega con tal de no correr detrás de un gato, a tal punto llega su alergia al ejercicio y su amor al sedentarismo. Yo, que soy consciente de que esos segundos de espasmos agarrada a mi pierna resultan ser los únicos del día en que desarrolla una mínima actividad física tan necesaria para mitigar el soplo que tiene su corazoncito, la dejo hacer, cómo no podía ser de otra manera.
Muchas veces me descubro así, mirándome en el espejo del ascensor, literalmente acusando cada sacudida enérgica, mi cabeza muchas veces golpeando contra la chapa de la pared.
Suspiro y pienso: ainsss.... mira para lo que he quedado... que triste es mi vida sexual.


Eh aquí una foto de Ofelia en el ascensor. He preferido no mostrarla en pleno acto sexual porque si hay una vocación que Ofelia no tiene, es la de porno star. Dice que ya no tiene edad para eso y que la piel de culo le cuelga demasiado. Ahí queda eso. Más de uno debería tomar nota.




domingo, 28 de noviembre de 2010

UNA PALABRA MÍA

Reconozco que soy un poco quisquilloso con los libros que me leo. Buen, siendo realista, con los libros que me leo tengo una malfollá tremenda. El sólo tacto de sus hojas, el tamaño de la letra o incluso el diseño de la portada de un libro pueden determinar drásticamente su (casi siempre) corto éxito entre mis dedos.
Y luego, claro, está lo de dentro.
Puedo decir que no paso de la tercera hoja en el sesenta por ciento de los libros que pillo, libros que, se supone, han tenido que llamar mi atención de alguna manera para que me tome el trabajo de hojearlos.
Me obsesiono cuando descubro un autor que me apasiona y devoro toda su obra, como si de repente los demás autores del universo hubiesen dejado de existir.
La primera página es fundamental. Introducirme en el mundo personal, único del escritor dejando atrás el mío propio puede llegar a ser una experiencia suave y deslizante de la que casi no soy consciente de cómo he llegado hasta aquí o, por el contrario, un empujón forzado, casi violento que me incomoda si el susodicho firmante de la tapa no sabe currarse bien el trabajito de untarme el camino de vaselina. En tales casos, la obra casi no tiene posibilidades de sobrevivir en mi regazo.
También es verdad que mi disposición varía según el día, las épocas o las edades. Muchas veces he cogido libros que el mes pasado me parecieron imposibles y que hoy, gracias a mi apertura nueva de escuchar, acojo con entusiasmo. Es como con las personas. Con el que ayer te parecía un absurdo superficial y hoy redescubres mirándole a los ojos a la hora del café. O el enemigo del verano que, con los primeros fríos, te das cuenta que no había más que sacarlo de contexto para darte cuenta que tiene ese no se qué entrañable.
Me pasó con Cien años de soledad. La primera vez que lo leí me resultó un tostón sublime (claro, que yo sólo tenía entonces trece años) y luego se convirtió en mi novela favorita. Y, al contrario, con libros como Juan Salvador Gaviota, que con el tiempo y una segunda lectura encontré insustancial lo que en la adolescencia me había resultado magia en estado puro.
Y luego están los libros que a todo el mundo le gustan y tú sigues sin poderlo entender, cono El Alquimista, y casi todos los de Saramago.

Todo esto viene porque, hace un mes, descubrí un libro maravilloso de Elvira Lindo. Yo había estado en la presentación de aquella novela, pero entonces todavía no la había leído. Menos mal, porque de lo contrario a lo mejor me hubiese puesto en evidencia con un monólogo de exaltación a la hora de las preguntas en el que hubiese engolosado a Elvira hasta el ridículo.

El libro se llama LO QUE ME QUEDA POR VIVIR. Es su última novela, y te aconsejo que no lo dejes pasar. Ahora estoy con UNA PALABRA TUYA, de la misma genial autora, y los domingos no dejo de comprarme El País para leer su artículo.


sábado, 27 de noviembre de 2010

PECECITOS

Si os fijáis, a la derecha del blog, hay una pecera donde aparecen unos pececillos de colores a los que podéis alimentar. Es mas, si ponéis el cursor sobre el agua, allí acuden raudos y veloces esperando que caiga algo de comida. Criaturicas.
Nunca se sacian, así que puede resultar un pelín rallante entregarse a la empresa de alimentarlos. Los peces normales, los de toda la vida, pueden morir si los alimentas demasiado o si los dejas de alimentar, pero con estos no hay problema. La entidades que viven el el cybermundo es lo que tienen. Por mi parte, yo también me encuentro bastante horas al día navegando en este universo paralelo y también se me olvida otras tantas comer o dormir.
En fin, voy a dejar de proyectarme sobre estas carpas de colores o puede que al final, si sigo propiciando coincidencias, no salga demasiado bien parado.

viernes, 26 de noviembre de 2010

BIEN SINTONIZADOS

Según el escritor Wayne W. Dyer, existe un principio de SINTONÍA que rige en el universo del cual nos podemos valer a la hora de conseguir que las cosas se manifiesten en nuestra vida.
¿Cómooo?, dirá usted. ¡Quiero saber cómo funciona eso YA!
Vale, señora, no se impaciente. Y no piense usted que se trata de un remedio instantáneo y mágico. Como siempre, hay que currárselo. Y, como siempre, tiene que ver con vigilar todas esas cosas que pasan por nuestra cabecita en forma de pensamientos, sobre todo aquellos pensamiento que están mal sintonizados.
Por lo visto vivimos en un universo en el que TODO es energía. Todo vibra (sí, señora, la vibración no es exclusividad de su estupendo cepillo de dientes eléctrico), y la frecuencia de las vibraciones determina cómo aparecen las cosas, y esto incluye a nuestro cuerpo y nuestros propios pensamientos. Hasta aquí todo en orden. Pues bien, parece ser una ley universal que dos frecuencias similares se atraen la una a la otra y, por el contrario, las que son diferentes pasan de largo sin siquiera reconocerse.
Ahora viene lo bueno. Mantenerte vigilante y supervisar tus pensamientos hace que te fijes en qué frecuencia estás transmitiendo y recibiendo. Cuando percibes que un pensamiento está mal sintonizado, puedes corregirlo, y al hacerlo pasas a pensar en la misma frecuencia (positiva, de abundancia) que rige la energía universal.
Toma ya. Parece complicado ¿no? Bueno, quizá no lo sea tanto.
Pensamientos de nuestra programación del tipo esto es difícil, no soy listo, no me lo merezco, esto es demasiado grande para mi, esto es muy complicado, no tengo demasiado dinero etc..., determinan nuestro inminente fracaso a la hora de emprender cualquier tipo de propósito así sea cambiar un hábito, crear una empresa o alcanzar cualquier tipo de meta.
Manteniéndome centrado en lo que me propongo crear y confiando en que el universo me proporcionará lo que necesito en cada momento, atraigo la prosperidad constantemente. En lugar de pedir más (lo que implica escasez y, por lo tanto, crea un ambiente vibratorio de más escasez), debería concentrarme y ser agradecido por lo que tengo.
Este último punto me ha hecho pensar bastante. ¿De verdad tenemos tanto de lo que quejarnos por la cansina CRISIS, esa que esta en la boca de todos? Por lo que yo recuerdo, tampoco cuando estábamos en una situación económica propicia éramos tan felices. Cada vez que nombramos la maldita CRISIS fomentamos y nos regodeamos en algo que nosotros mismos estamos inventando, y a eso creo que se refiere el autor antes citado al explicarnos todo ese asunto tan complicado de energías y universos.
¿De verdad estamos tan mal? ¿De verdad ya nos es tan difícil salir a la calle y tomarnos la tarde libre para ver la ABUNDANCIA que se derrocha a nuestro alrededor, las hojas amarillas de los árboles, el sol inabarcable, la vida en forma de aire fresco, abundante, la gente dispersa en las calles, en los parques. Se nos olvida que la auténtica abundancia reside en las cosas que siempre están ahí para el que sepa verlas, y por suerte siempre estarán.
Un momento antes de cerrar los ojos y de irnos al otro barrio no nos acordaremos del maldito día en que por fin nos compramos ese fabuloso coche ni de cuando acabamos de pagar la hipoteca de la casa que consume nuestros pensamientos el cincuenta por ciento del día. Como mucho, antes de cerrar los ojos por última vez, repasaremos las cosas de verdad importantes: aquella tarde por el parque con el helado y alguien cogiéndonos de la manos, esa otra puesta de sol,la mirada de un ser querido. Y esas cosas, que yo sepa, estaban ahí antes de la crisis y seguirán ahí siempre que seamos capaces de verlas.
¿Tiene sentido crear un ambiente mental de escasez? O, mejor dicho ¿no nos estaremos mintiendo al exagerarlo tanto?
Por supuesto en manos de todos está aprovisionarnos de las cosas básicas, soy realista y consciente de que si no están cubiertas poco importa todo lo demás. Pero incluso buscando curro o buscándonos la habichuelas, la diferencia entre una persona agradecida y otra que prefiere llenarse la boca con la queja es abismal. Es sabido que al que le va mal (y vive en la constante queja) las cosas parecen irle cada vez le van peor. Por otra parte, los ricos de este mundo en el que los bancos deciden sobre nuestro futuro por encima de gobiernos e instituciones, cada vez son más ricos. Es como si el universo, en efecto, nos concediese experiencias y situaciones acorde con los pensamientos con los que nos obsesionamos. Tengo un par de amigos que no paran de quejarse de este país, y de un tiempo a esta parte parecen tan acomodados en su queja que la escasez ya ha pasado a formar parte de su identidad. Quiero decir que, en el fondo, cada vez que el gobierno mete la pata o cae la economía o suben los precios, muy en el fondo de sus corazones hay algo que se alegra, pues se sienten confirmados, ensalzados en su papel.
¿No estaremos utilizando en una pequeña parte la famosa crisis para justificar nuestras pocas ganas de inventar, de sobreponernos y de salir adelante?
Por mi parte, he puesto a funcionar la esta maquinaria universal de la que antes hablaba, más que nada para hacer la prueba. Hace un par de años deseé más que nada escribir y publicar mi tercera novela y puse en manos del universo dicha tarea. Confié en que todo saldría bien y me puse a currar (eso es imprescindible, rara vez el universo se lo curra por ti). Conseguí un agente editorial, conseguí editorial. Todo a su tiempo, y por el camino dando las gracias, sin pretensiones imposibles y sin prisas. ¡Funcionó! Cuando aparecía un escollo, inmediatamente y de una forma imprevista se planteaba una solución. Se propiciaban situaciones inesperadas, encuentros fortuitos que me llevaron a ponerme en contacto con tal y tal persona. Desde el principio visualicé la portada de mi novela y quise que la presentase ALASKA. Pedí ese deseo al universo, pero siempre con la condición de recular si al final el impulso me llevaba por otro camino. Un amigo le hizo llegar la novela y al poco tuve su contestación. Y lo mismo sucedió con las entrevistas, con el lugar para presentar el evento. Y con sucesos inesperados que, gracias a estar con los ojos abiertos, arrojan luz sobre cómo será esta etapa nueva de mi vida, ahora que parece ser que la vieja etapa toca a su fin. Un amigo que me ofrece un nuevo trabajo. Más tiempo para escribir, etc...
Desde el principio actué dando por sentado que todo sucedería, y todo sucedió.


En estos momentos de hablar con todo el mundo, de planificar citas, firmar libros y volverme loco para conseguir medios de comunicación y promoción sin gastar un duro, me obligo a refrenarme y parar, regresando a la antigua idea de que todo lo que tenga que salir, saldrá.
Me paro frente al ordenado, respiro.
Dejo de dar el coñazo a Tele 5 para que vengan a la presentación en el hotel OSCAR y me paso la tarde ordenando ropa, bañando a mi perrita Ofelia, o simplemente mirando por la ventana el atardecer sombrío caer sobre los tejados de Madrid.
Es tanto lo que se vuelca ante mis ojos, son tantas la opciones, las cosas por inventar, que en el fondo me cuesta creer que yo mismo lleve tanto tiempo con la maldita palabra crisis en la boca.
Será cuestión de vigilar lo que pasa por mi cabeza.
Y de seguir bien sintonizado.

martes, 23 de noviembre de 2010

UN PROBLEMILLA DE CUERNOS

En la película K-Pax, cuando el médico le pregunta al supuesto extraterrestre Kevin Spacey cómo era posible que su sociedad se organizara sin jerarquías ni leyes, cómo era posible que los habitantes de su mundo supieran cómo actuar sin un código represor, el extraterrestre le responde que uno de los elementos comunes que distinguen a todas y cada una de las criaturas que existen en el universo consiste en la capacidad innata de poder distinguir entre lo que está bien y lo que está mal.
Voy a referirme, una vez más, al tema de las corridas de toros. Y podría hacerlo desde el punto de vista argumental, rebatiendo una por una las absurdas excusas ya sabidas, las excusas que hablan de patrimonio cultural de la fiesta, que ese tipo de ganadería no existiría si no fuese por la fiesta, o la más curiosa de todas: esa que dice que el toro y el torero están en igualdad de condiciones en el ruedo (bueno, esta podría creérmela el día que mueran la misma cantidad de toros que toreros al año).
No. Me cuesta, pero me resisto a entrar en el debate. Voy a morderme la lengua, entre otras cosas porque me resultaría demasiado fácil echar por tierra esa ristra de argumentos.
No detesto las corridas de toros. Es peor que eso. Las detestaría si me parase a analizarlas, a argumentar. Y cuando te pierdes en el bla bla bla al final corres el riesgo de acabar fundando un canal de televisión con tus amiguetes del tipo INTERECONOMIA en el que se dicen muchas cosas estupendas.
Cuando tengo la mala suerte de toparme con una corrida de toros en televisión mi estómago se encoge hasta el tamaño de una nuez, y no es por nada que piense o por ninguna conclusión de mi mente. Delante mío veo a un ser sufriendo, un ser tan digno y tan noble como cualquiera de los demás seres que pueblan este planeta. Ver a otro sufrir es horrible, pero peor aun es verlo agonizar para la diversión de otros. Esos ojos desde las gradas que, por pura costumbre, ya no ven.
Uno de los mayores bienes de la humanidad es la empatía, la capacidad de ponernos en la piel del otro, de no querer para el otro lo que no queremos para nosotros. No voy a entrar en el debate de las corridas de toros sí o las corridas de toros no. Es mucho más sencillo que eso, señores. Ahí hay una criatura sufriendo, babeando desesperada por salir del redondel para regresar a pastar pacíficamente por la pradera a la que está acostumbrada, y que desgraciadamente ya nunca verá.
Tal y como dice el extraterrestre de K-Pax, sé distinguir perfectamente lo que está bien de lo que está mal. No necesito que me lo expliquen. No necesito palabras ni argumentaciones. No se trata de nada que haya que pensar.
Cuando miro a esa criatura noble sufrir, siento tanta pena y tanta lástima que no comprendo cómo las personas desde las gradas pueden haber llegado a un punto de desconexión consigo mismos tan grande como para no darse cuenta de lo que está ocurriendo delante de sus propias narices.



lunes, 22 de noviembre de 2010

Lo que me gusta / Lo que no me gusta

Vivimos en un mundo en el que parece que siempre estuviésemos obligados a dejar clara nuestra posición ante las cosas. Posicionarnos ante la vida muchas veces resulta ser una tarea impuesta, agotadora y algunas veces desgastante. Y no me refiero a tener una opinión sobre lo que nos rodea, algo claramente necesario, sino más bien a la tendencia a ser extremos con el único fin de reafirmarnos, de sentir que existimos.
Uno de los posicionamientos que más me llaman la atención es la eterna diatriba Me gusta-No me gusta. Menudo coñazo. Hoy en día no vale con que algo te guste, en el discurso de cara a la galería tendemos a exaltar nuestras nuestros objetos de admiración alzándolos hasta el Olimpo de los dioses. Y otro tanto sucede con lo que no nos gusta, con quien nos cae mal, odiamos, aborrecemos o borraríamos del mapa.
Curioso. Parece que cuanto más adoramos algo o, por el contrario, más detestamos, más somos.
Intentar comprender a un suceso o a una persona como parte de un trillón de factores que están asociados, es decir, intentar comprender algo o a alguien como parte de un todo al que todos pertenecemos y no como una entidad aislada a la que amar u odiar por alguna razón nos resulta tremendamente difícil. Mantener la mesura de un término medio, más abierto y comprensivo, callando la cabeza y dejando hablar al corazón, nos cuesta un huevo. ¡Claro! Lo que menos importa es ser objetivo. Si nuestra identidad se basa en dejar clara nuestra posición, cuanto más extrema sea esa posición más nos haremos la efímera ilusión de que tenemos identidad.
Resulta curioso este proceso, porque si nos paramos a pensar, lo que determina Lo que nos gusta - Lo que no nos gusta es en su mayor parte una programación de nuestro Pasado Personal grabada a fuego por nuestros padres, nuestra religión, nuestro gobierno y nuestra tan ensalzada cultura.
La única libertad, la libertad verdadera, sería renunciar a lo que nuestra programación condicionada para poder mirar con los ojos limpios y la mente en calma, para intentar comprender las cosas desde ese estado.
Siendo extremos, odiando, idolatrando, renunciamos a nuestra única fuente de conexión con nuestra propia autenticidad.
Pero eso qué importa, caballero. Lo importante es que usted siga sintiéndose orgulloso de su carácter, de su increíble personalidad.


sábado, 30 de octubre de 2010

Ya lo sospechaba yo...

Esta mañana me desperté con la gran noticia. En la puerta de mi casa, congregados en mi calle, una nube de periodistas me esperaban formando un gran revuelo. Las cadenas de televisiones han abandonado el domicilio de Belén Esteban, del recién consagrado premio novel Vargas Llosa, y todo para correr raudos a mi encuentro. Cómo se siente después de conocer la noticia, me preguntaban. Qué va a hacer a partir de ahora, me decían.
En fin, supongo que ya lo sabréis pero por si acaso algún despistado anda por ahí sin leer los periódicos ni ver la tele, voy a contar lo que yo ya suponía y lo que un grupo de científicos acaban de publicar en cierta revista especializada de la que no quiero hacer publicidad.
Resulta que la Tierra no gira alrededor del sol. ¡El mundo gira nada menos que A MI ALREDEDOR! Sí, sí. Ahí es nada. Alrededor mío. En pocas horas me he convertido en el hombre más popular de España, del mundo entero, el hombre que todos quieren ver y tocar, desbancando a Iker Casillas, a la Esteban y a Vargas Llosa.
Tantos años escuchando el estúpido runrún de mi madre: baja de las nubes, el mundo no gira en torno tuyo, tienes que dejar de ser tan engreído, tan jodidamente egoísta.
Pues bien ¡mira por donde! Ahora va y resulta que era verdad.
Ya lo sospechaba yo...

jueves, 28 de octubre de 2010

LONDRES



El fin de semana pasado, en la estación de Victoria, en Londres, viajaba yo dentro del tren cuando capté una imagen con el móvil ciertamente conmovedora. Era una pareja que, fundidos en un abrazo, se rendían al calor del único rayo de luz que penetraba en la estación. Ajenos al resto de los transeúntes, inmóviles, reverberaban con luz propia en esta mañana fría y otoñal, con un peso y un significado que los separaba del resto. Parece que la luz viniese, en realidad, de ellos.
Los seres humanos parecemos no tener ningún tipo de defensa a la hora de sucumbir ante imágenes que relatan una historia por sí solas. Quién sabe lo que en realidad les sucedía a esta pareja. Quién sabe si era el amor lo que iluminaba, o una pena honda que los unía, abrazados, o quizá una despedida, o, por qué no, también cabe sopesar la posibilidad única de un simple momento de arrobo robando al sol un poco de calor.




sábado, 16 de octubre de 2010

El transexual Anthony (de Anthony and the Johansons) concede una entrevista a EL PAIS

Me da la impresión de que a la traducción de la entrevista que EL PAÍS me hizo y publicó el 12 de octubre le faltaron matices. La declaración artística que hacía se refería a mí mismo: "Al ser un transexual, soy como un animal salvaje, fuera del mundo de los cristianos y los patriarcados". Nunca dije que "los transexuales son animales salvajes", como sugiere el título.

También expresé mi firme deseo de que nos aproximemos a lo femenino en nuestra relación empática con los demás y con el medio ambiente. Creo que esa orientación podría ayudarnos a abordar los problemas que afrontamos hoy como especie.

Históricamente, el cristianismo y otras religiones han decretado que la naturaleza es femenina. No es ningún secreto que casi todas las religiones del mundo están estructuradas y gobernadas por jerarquías compuestas por hombres. Han tratado de someter el elemento femenino y dirigir nuestra atención hacia ellos, los conductos espirituales capaces de enseñarnos que hay un paraíso en otro lugar, más allá de esta vida. Pero lo que necesitamos reactivar ahora es precisamente nuestro sentido intuitivo de conexión con el mundo natural, para poder superar nuestra alienación y restablecer el equilibrio en nuestra relación con la ecología de nuestro hogar, la Tierra.

Es cierto que las mujeres también han apoyado los sistemas patriarcales en el curso de la historia. Sin embargo, me gustaría sugerir que este es un buen momento para aprovechar y dar más poder a la sabiduría femenina de los círculos de mujeres, abuelas, hermanas... Creo que será necesaria una inmensa transformación de la conciencia de todo el mundo para poder tener la esperanza de desmantelar los peligrosos sistemas de los que nos hemos dotado y que estamos imponiendo al planeta.

En mi calidad de transexual, soy más consciente que la mayoría de las personas de que todos tenemos en nuestro interior cualidades masculinas y femeninas.

Por esa razón propongo que haya una aproximación a lo femenino en todos los sistemas que tenemos hoy en activo.